Buscar en este blog:

Bienvenidos... Recomendación de esta semana Los esclavos, de Jacques Sternberg

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Espiral - Enrique Anderson Imbert

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.
FIN

Eso - Mario Benedetti

Al preso lo interrogaban tres veces por semana para averiguar «quien le había enseñado eso».  Él siempre respondía con un digno silencio y entonces el teniente de turno arrimaba a sus testículos la horrenda picana.
Un día el preso tuvo la súbita inspiración de contestar: «Marx. Sí, ahora lo recuerdo, fue Marx.»  El teniente asombrado pero alerta, atinó a preguntar:  «Ajá. Y a ese Marx ¿quién se lo enseñó?»  El preso, ya en disposición de hacer concesiones agregó: «No estoy seguro, pero creo que fue Hegel.»
El teniente sonrió, satisfecho, y el preso, tal vez por deformación profesional, alcanzó a pensar: «Ojalá que el viejo no se haya movido de Alemania.»
FIN

¡Ese soy yo! - Ramón Gómez de la Serna

Cuando vi sacar aquel cadáver del agua, grité:
-Ese soy yo… Yo.
Todos me miraron asombrados, pero yo continué: “Ese soy yo… Ese es mi reloj de pulsera con un brazalete extensible… Soy yo”.
-¡Soy yo!… ¡Soy yo! -les gritaba y no me hacían caso, porque no comprendían cómo yo podía ser el que había traído el río ahogado aquella mañana.
FIN

Esa hormiga - Max Aub

Esa hormiga odiaba al león. Tardó diez mil años pero se lo comió todo, poco a poco, sin que él se diera cuenta.
FIN

Es solo política - Slawomir Mrozek

—¿Tú también, Brutus, hijo mío? —alcanzó a preguntar con una voz en la que había pena y sorpresa a partes iguales.
—¡Qué va! Es solo política, no hay ninguna motivación personal —explicó Brutus, y le dio otra propina con el puñal—. Personalmente, no tengo nada en contra de usted, papá.
—Ah, pues disculpa, yo no quería ofenderte —dijo César, y murió.
FIN

Coristas novatos - María Belén Arzani

Nos cominos varios canarios, algunos cuantos grillos y un par de chicharras. Aún no cantamos mejor que antes. Decidimos invitar a la cena a un verdadero tenor.

                                                                           FIN

Ernesto el embobado - José María Méndez

Elena Estévez —española extremeña— era extraordinariamente elegante, exquisita. Emanaba efluvios enervantes; evidenciaba energía, espíritu. En escueto elogio: encantaba. Encontrándola empezaba el embrujo. Esto experimentó Ernesto Echegoyén, emigrante europeo, exembajador estoniano. Enamorose.
Encontrábase entonces Ernesto en el Ecuador, en “El Exeter”. Ella emergió en el espejo, esplendorosa, escotada, envuelta en encajes. Efectivamente estaba en escalera.
Enardecido, exaltado, Ernesto empezó espetándole exabruptamente escandaloso exordio:
—¡Escaso ejemplar!
Ella, endiabladamente elástica, escapó, envolviéndolo en enigmático ensueño. Ernesto estaba ebrio, en eclipse, en el Edén.
Elenita empezó esquivándolo. Empero enseguida entendiéronse. Escarceos en esquinas. Enternecidas epístolas. Enojos, explicaciones. Ensueños, éxtasis, etcétera.
Epílogo: enlace.
FIN

Equivocación - Karel Capek

Nos embarcamos en el Mediterráneo. Es tan bellamente azul que uno no sabe cuál es el cielo y cuál el mar, por lo que en todas partes de la costa y de los barcos hay letreros que indican en dónde es arriba y en dónde abajo; de otro modo uno puede confundirse. Para no ir más lejos, el otro día, nos contó el capitán que un barco se equivocó, y en lugar de seguir por el mar puso rumbo al cielo; y como el cielo es infinito no ha regresado aún, y nadie sabe en dónde está.
FIN

Epitafio encontrado en el cementerio Monte Parnaso de San Blas - Augusto Monterroso

Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare;
Escribió una novela: dijeron que se creía Proust;
Escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov;
Escribió una carta: dijeron que se creía Lord Chesterfield;
Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese;
Escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes;
Dejo de escribir: dijeron que se creía Rimbaud;
Escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto.
FIN

Epitafio de una perra de caza - Petronio

La Galia me vio nacer, la Conca me dio el nombre de su fecundo manantial, nombre que yo merecía por mi belleza. Sabía correr, sin ningún temor, a través de los más espesos bosques, y perseguir por las colinas al erizado jabalí. Nunca las sólidas ataduras cautivaron mi libertad; nunca mi cuerpo, blanco como la nieve, fue marcado por la huella de los golpes. Descansaba cómodamente en el regazo de mi dueño o de mi dueña y mi cuerpo fatigado dormía en un lecho que me habían preparado amorosamente. Aunque sin el don de la palabra, sabía hacerme comprender mejor que ningún otro de mis semejantes; y, sin embargo, ninguna persona temió mis ladridos. ¡Madre desdichada! La muerte me alcanzó al dar a luz a mis hijos. Y, ahora, un estrecho mármol cubre la tierra donde yo descanso.
FIN

Epitafio de un boxeador - Ignacio Aldecoa


Nosotros, sus agradecidos contrarios, erigimos esta
estatua a Apis, un boxeador considerado, que ni
cuando nos fajábamos nos hacía daño.
-Lucilius, Epitafio de un boxeador

Pasaban las nubes de tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las cruces de los panteones.
Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.
Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.
Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: «Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.».
Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.
FIN

En un vaso de agua fría - Julio Cortázar


Es triste, pero jamás comprenderé las aspirinas efervescentes, los alcaselser y las vitaminas C. Jamás comprenderé nada efervescente porque una medicina efervescente no se puede tomar mientras efervesce puesto que parte de la pastilla se te pega al paladar y qué cosquillas, por lo demás totalmente desprovistas de propiedades terapéuticas. Si en cambio se la toma una vez que ha efervescido ya no se ve para qué sirve que sea efervescente. He leído mucho los prospectos que acompañan a esos productos, sin encontrar una explicación satisfactoria; sin duda la hay, pero para enfermos más inteligentes.
FIN

martes, 26 de diciembre de 2017

En tierra firme - Anónimo. Mundo árabe.

Nasrudín y su hijo estaban pescando cuando un torbellino apareció en el horizonte.
—¡Quiera Dios —imploro el mulá— salvar nuestra frágil barca y yo recompensaré a un hombre necesitado con un camello del tamaño de una casa!
—Padre, ¿cómo encontrarás un camello tan grande?
—Me preocuparé de eso una vez estemos en tierra firme.
FIN

En la sierra - Arturo Barea

Esto fue en el primer otoño de la guerra.
El muchacho -veinte años- era teniente; el padre, soldado, por no abandonar al hijo. En la Sierra dieron al hijo un balazo, y el padre le cogió a hombros. Le dieron un balazo de muerte. El padre ya no podía correr y se sentó con su carga al lado.
-Me muero, padre, me muero.
El padre le miró tranquilamente la herida mientras el enemigo se acercaba. Sacó la pistola y le mató.
A la mañana siguiente, fue a la cabeza de una descubierta y recobró el cadáver del hijo abandonado en mitad de las peñas. Lo condujo a la posición. Le envolvieron en una bandera tricolor y le enterraron.
Asistió el padre al entierro. Tenía la cabeza descubierta mientras tapaban al hijo con la tierra aterronada, dura de hielo.
La cabeza era calva, brillante, con un cerquillo de pelos canos alrededor. Con la misma pistola hizo saltar la tapadera brillante de la calva.
Quedó el cerquillo de pelo gris rodeando un agujero horrible de sangre y de sesos.
Le enterraron al lado del hijo.
El frío de la Sierra hacía llorar a los hombres.
FIN

En la escalinata del templo - Gibrán Jalil Gibrán

Ayer tarde, en la escalinata de mármol del templo, vi a una mujer sentada entre dos hombres. Una de las mejillas de la mujer estaba pálida, y la otra, sonrojada.
FIN

En la casa del espejo - Lewis Carroll

En la casa del espejo, los libros se parecen a los nuestros, pero tienen las palabras escritas al revés. Lo sé porque una vez levanté uno de los nuestros ante el espejo y entonces los del otro cuarto me mostraron uno de los suyos.

                                                                           FIN

En el país de Queequeg - Herman Melville

Debido a que allí no se conocían los canapés ni los sofás, el rey y los altos jefes, al igual que todas las personas de cierto rango, tenían por costumbre engordar a algunos de sus súbditos para utilizarlos como otomanas. Por lo tanto, para amoblar adecuadamente una casa con tal método, se hace preciso comprar ocho o diez individuos perezosos y distribuirlos por las habitaciones. Cuando se va de excursión, el método resulta también muy práctico, mucho más que nuestras sillas transformables en bastones, puesto que, al ser llamado por su amo, el servidor se transforma automáticamente en canapé, colocándose en el lugar más conveniente, bien sea a la sombra de un árbol o evitando a su dueño las incomodidades de cualquier terreno encharcado o húmedo.
FIN

En el insomnio - Virgilio Piñera

El hombre se acuesta temprano. No puede conciliar el sueño. Da vueltas, como es lógico, en la cama. Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco. Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. A las tres de la mañana se levanta. Despierta al amigo de al lado y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Que enseguida tome una taza de tilo y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. El insomnio es una cosa muy persistente.
FIN

En el café - Kjell Askildsen

Una de las últimas veces que estuve en un café fue un domingo  de verano, lo recuerdo bien, porque  casi todo  el mundo iba en mangas de camisa y sin corbata, y pensé: tal vez no sea domingo, como yo creía, y el hecho de que pensara exactamente eso hace que me acuerde. Me senté a una mesa en medio del local, a mi alrededor había mucha gente tomando canapés y bollos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por una sola persona. Daba una gran impresión de soledad, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no me habría importado intercambiar unas cuantas palabras  con alguien. Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo, pero cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía, era como si nadie tuviera mirada, desde luego el mundo se ha vuelto muy deprimente.
Pero ya había tenido la idea de que sería agradable que alguien me dirigiera un par de palabras, de modo que seguí pensando, pues es lo único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente que estaba sentada cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado que tal vez una o dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: «Se le ha caído la cartera».
Si uno dejara de albergar esperanzas, se ahorraría  un  montón  de decepciones. Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al final hice como si de repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído. No me atreví a esperar más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos mirones se abalanzara de pronto sobre la cartera y desapareciera con ella. Nadie podía estar completamente seguro de que no contuviera un montón de dinero, pues a veces los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos, así es el mundo, el que roba en la juventud o en los mejores años de su vida tendrá su recompensa en su vejez.
Así se ha vuelto la gente en los cafés, eso sí que lo aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé de qué sirve, así, justo antes de morir.
FIN

El ubicuo - Anónimo. India

Al salir de la ciudad de Sravasti, el Buda tuvo que atravesar una dilatada llanura. Desde sus diversos cielos, los dioses le arrojaron sombrillas para resguardarlo del sol. A fin de no desairar a sus bienhechores, el Buda se multiplicó cortésmente y cada uno de los dioses vio un Buda que marchaba con su sombrilla.

El zorro que aprovechó el poder del tigre - Anónimo. China

Un tigre apresó a un zorro.
-A mí no me puedes comer -dijo el zorro-. El Emperador del Cielo me designó rey de todos los animales. Si me comes, el Emperador te castigará por desobedecer sus órdenes. Y si no me crees, ven conmigo. Verás cómo todos los animales huyen apenas me ven y nadie se acerca.
El tigre accedió a acompañarlo y apenas los otros animales los veían llegar, escapaban. El tigre creyó que temían al zorro y no se daba cuenta que escapaban por él.
FIN

El zorro es más sabio - Augusto Monterroso

Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dice voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.
Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.
El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del
Zorro. Desde ese momento el Zorro se dio con razón satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Pero los demás empezaron a murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los cocteles puntualmente se le
acercaban a decirle tiene usted que publicar más.
-Pero si ya he publicado dos libros -respondía él con cansancio.
-Y muy buenos -le contestaban-; por eso mismo tiene usted que publicar otro.
El Zorro no lo decía, pero pensaba: “En realidad lo que estos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer.”
Y no lo hizo.
FIN

El yogui tántrico - Anónimo. India

Era un yogui abstinente que había aprendido a canalizar todas sus energías sexuales hacia el desarrollo espiritual. Vivía en una casita a las afueras del pueblo y era frecuentemente requerido por devotos que le reclamaban instrucción mística. Cierto día, un grupo de buscadores lo visitaron y le expusieron la siguiente cuestión:
-Maestro, nos preguntamos cómo puedes asumir tan fácilmente tu soledad, cómo no echas de menos a una mujer que te acompañe y te sirva de apoyo y consuelo.
-Nunca estoy solo, se los aseguro -repuso el yogui-. Yo soy hombre y mujer. He logrado unificar en mí ambas polaridades y jamás podré ya sentirme solo. Me siento pleno y siempre acompañado. Cuando, por ejemplo, barro mi casa o tiendo mi lienzo, soy mujer; pero cuando cargo grandes pesos o corto leña, soy hombre. Según la tarea que lleve a cabo, me siento hombre o mujer, pero en verdad no soy ni lo uno ni lo otro, porque soy ambos a la vez.
FIN

El viejo cofre de Nury Bey - Anónimo. Mundo árabe.

Nuri Bey era un reflexivo y respetado albanés que había desposado una mujer mucho más joven que él.
Un atardecer, habiendo retornado a su hogar más temprano que de costumbre, un fiel sirviente se le acercó y dijo:
—Vuestra esposa, nuestra señora, está actuando sospechosamente. Se encuentra en sus aposentos con un enorme cofre, que perteneció a vuestra abuela, suficientemente grande para esconder un hombre. Tal vez habría en él solo unos bordados antiguos. Creo que ahora debe haber mucho más en él. Ella no permite que yo, vuestro más antiguo criado, averigüe qué hay en él.
Nuri fue a la habitación de su mujer, y la encontró sentada, desconsolada, junto a la enorme caja de madera.
—¿Quieres mostrarme qué hay en el cofre? —preguntó.
—¿Debido a la sospecha de un sirviente, o porque no confías en mí?
—¿No sería más fácil abrirlo, sin pensar en insinuaciones? —preguntó Nuri.
—No creo que sea posible.
—¿Está cerrado?
—Sí.
—¿Dónde está la llave?
Ella la mostró.
—Despide al sirviente y te la daré.
El sirviente fue despedido. La mujer entregó la llave y se retiró, obviamente perturbada.
Nuri Bey pensó un largo rato. Luego llamó a cuatro de sus jardineros. Juntos transportaron el cofre, por la noche, sin abrirlo, a un distante lugar de la finca y lo enterraron. El asunto nunca más fue mencionado.
FIN

El viajero sediento - Anónimo. India.

Lentamente, el sol se había ido ocultando y la noche había caído por completo. Por la inmensa planicie de la India se deslizaba un tren como una descomunal serpiente quejumbrosa.
Varios hombres compartían un departamento y, como quedaban muchas horas para llegar al destino, decidieron apagar la luz y ponerse a dormir. El tren proseguía su marcha. Transcurrieron los minutos y los viajeros empezaron a conciliar el sueño. Llevaban ya un buen número de horas de viaje y estaban muy cansados. De repente, empezó a escucharse una voz que decía:
-¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!
Así una y otra vez, insistente y monótonamente. Era uno de los viajeros que no cesaba de quejarse de su sed, impidiendo dormir al resto de sus compañeros. Ya resultaba tan molesta y repetitiva su queja, que uno de los viajeros se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez el agua. Todos se echaron de nuevo. Otra vez se apagó la luz. Los viajeros, reconfortados, se dispusieron a dormir. Transcurrieron unos minutos. Y, de repente, la misma voz de antes comenzó a decir:
-¡Ay, qué sed tenía, pero qué sed tenía!
FIN

El verdugo - A. Koestler

Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.
Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:
-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!
Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:
-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.
FIN

El vendedor de lanzas y escudos - Anónimo. China.

En el Reino de Chu vivía un hombre que vendía lanzas y escudos.
-Mis escudos son tan sólidos -se jactaba- que nada puede traspasarlos. Mis lanzas son tan agudas que nada hay que no puedan penetrar.
-¿Qué pasa si una de tus lanzas choca con uno de tus escudos? -preguntó alguien.
El vendedor no supo qué contestar.
FIN

El uso de una lámpara - Idries Shah

-Yo puedo ver en la oscuridad -se jactaba cierta vez Nasrudín en la casa de té.
-Si es así, ¿por qué algunas noches lo hemos visto llevando una lámpara por las calles?
-Es solo para que los otros no tropiecen conmigo.
FIN

El unicornio - Lewis Carroll

La vista del unicornio se topó con Alicia; se volvió en el acto y se quedó ahí pasmado durante algún rato, mirándola con un aire de profunda repugnancia.
—¿Qué… es… esto? —dijo al fin.
—Esto es una niña —explicó Haigha de muy buena gana, poniéndose entre ambos con el fin de presentarla—. Acabamos de encontrarla hoy. Es de tamaño natural y ¡el doble de espontánea!
—¡Siempre creí que se trataba de un monstruo fabuloso! —exclamó el unicornio—. ¿Está viva?
—Al menos puede hablar —declaró solemnemente Haigha.
El unicornio contempló a Alicia con una mirada soñadora y le dijo:
—Habla, niña.
Alicia no pudo impedir que los labios se le curvaran en una sonrisa mientras rompía a hablar, diciendo:
—¿Sabe una cosa?, yo también creí siempre que los unicornios eran unos monstruos fabulosos. ¡Nunca había visto uno de verdad!
—Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro —repuso el unicornio—, si tú crees en mí, yo creeré en ti, ¿trato hecho?
FIN

El ubícuo - Anónimo. India.

Al salir de la ciudad de Sravasti, el Buda tuvo que atravesar una dilatada llanura. Desde sus diversos cielos, los dioses le arrojaron sombrillas para resguardarlo del sol. A fin de no desairar a sus bienhechores, el Buda se multiplicó cortésmente y cada uno de los dioses vio un Buda que marchaba con su sombrilla.
FIN

El trabajo N° 13 de Hérculoes - Marco Denevi

Según el apócrifo Apolodoro de la Biblioteca, “Hércules se hospedó durante cincuenta días en casa de un tal Tespio, quien era padre de cincuenta hijas a todas la cuales, una por una, fue poniendo en el lecho del héroe porque quería que este le diese nietos que heredasen su fuerza. Hércules, creyendo que eran siempre la misma, las amó a todas”.
El pormenor que Apolodoro ignora o pasa por alto es que las cincuenta hijas de Tespio eran vírgenes. Hércules, corto de entendederas como todos los forzudos, siempre creyó que el más arduo de sus trabajos había sido desflorar a la única hija de Tespio.
FIN

El tiovivo - Ana María Matute

El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro en blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía: “Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Solo da vueltas y vueltas y no lleva a ninguna parte”. 

Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca. 

Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. “Qué hermoso es no ir a ninguna parte”, pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo.
FIN

El tigre que balaba - Anónimo. India

Al atacar a un rebaño, una tigresa dio a luz y poco después murió. El cachorro creció entre las ovejas y llegó él mismo a tomarse por una de ellas, y como una oveja llegó a ser considerado y tratado por el rebaño.
Era sumamente apacible, pacía y balaba, ignorando por completo su verdadera naturaleza. Así transcurrieron algunos años.
Un día llegó un tigre hasta el rebaño y lo atacó. Se quedó estupefacto cuando comprobó que entre las ovejas había un tigre que se comportaba como una oveja más. No pudo por menos que decirle:
-Oye, ¿por qué te comportas como una oveja, si tú eres un tigre?
Pero el tigre-oveja baló asustado.
Entonces el tigre lo condujo ante un lago y le mostró su propia imagen.
Pero el tigre-oveja seguía creyéndose una oveja, hasta tal punto que cuando el tigre recién llegado le dio un trozo de carne ni siquiera quiso probarla.
-Pruébala -le ordenó el tigre.
Asustado, sin dejar de balar, el tigre-oveja probó la carne. En ese momento la carne cruda desató sus instintos de tigre y reconoció de golpe su verdadera y propia naturaleza.
FIN

El tapiz del virrey - Pedro Gómez Valderrama

Cuando el virrey subió a su coche con la virreina, para dirigirse al baile en casa del marqués, el criado mulato se quedó escondido en un rincón del patio, hasta que cesaron todos los ruidos del palacio. Sacó entonces una inmensa llave, y abrió la puerta del salón central. Encendió una antorcha y se situó ante el gran tapiz que adornaba el fondo del salón, y que representaba una hermosa escena de bacantes y caballeros desnudos.
El mulato extendió las manos y acarició el cuerpo de una Diana que se adelantaba sobre el tapiz. Murmuraba en voz baja, hasta que de pronto gritó:
-¡Venid! ¡Danzad!
Los personajes tomaron movimiento y fueron descendiendo al salón. Comenzó la música del sabbat, y la danza de los cuerpos en medio de las antorchas. Ante el mulato, los personajes del tapiz iban cumpliendo el rito de adoración al macho cabrío.
Diana permanecía a su lado, besándole de vez en cuando con golosa codicia.
Después de consumidas las viandas del banquete, vino el momento de la fornicación, hasta que sonó el canto del gallo y los personajes se fueron metiendo uno tras otro en el tejido. Solo quedaron, trenzados en el suelo, Diana y el mulato, al cual encontraron a la mañana siguiente desnudo y muerto en el suelo con unos desconocidos pámpanos manchados de sangre en la mano. Diana no estaba en el tapiz.
FIN

El suicida - Enrique Anderson Imbert

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.
FIN

El violinista - Ramón Gómez de la Serna

Siempre había sido el sueño del gran violinista tocar debajo del agua para que se oyese arriba, creando los nenúfares musicales.
En el jardín abandonado y silente y sobre las aguas verdes, como una sombra en el agua, se oyeron unos compases de algo muy melancólico que se podía haber llamado “La alegría de morir”, y después de un último “glu glu” salió flotante el violín como un barco de los niños que comenzó a bogar desorientado.
FIN

El sueño del rey - Lewis Carroll

-Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
-Nadie lo sabe.
-Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
-No lo sé.
-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una vela.
FIN

El sueño de la mosca horripilante

Li Wei soñaba que una mosca horripilante rondaba por su habitación, interrumpiendo inoportunamente una de sus profundas meditaciones. Molesto, comenzó a perseguirla tratando de acallar con un golpe su desagradable zumbido. Portaba en la mano, con tal objetivo, la primera edición de Con la copa de vino en la mano interrogo a la luna, poema épico de su entrañable amigo Li Taibo. Corrió y corrió incansablemente entre el reducido espacio de esas cuatro paredes, sacudiendo sus brazos cual si fuera él mismo una mosca. Dicha empresa le sirvió de poco. La mosca, posada en el marco del retrato de su amada, lo miraba con aburrida indiferencia.
Exhausto por la persecución, Li Wei se despertó agitado. Sobre la mesa de luz estaba posado, distraído, el fastidioso insecto. De un viril manotazo, el filósofo acabó con la corta vida de la triste mosca.
Li Wei jamás sabrá si mató a una mosca o a uno de sus sueños.
FIN

El ser - Costas Axelos

Un sabio chino se pasea con su discípulo. Atraviesan un puente.
-¿Cuál es el ser ( o la esencia) del puente? -pregunta el aprendiz de filósofo.
Su maestro lo mira sorprendido y de un empujón lo precipita en el río.
FIN

El señor Keuner y la marea - Bertolt Brecht

Caminando por un valle, advirtió de pronto el señor Keuner que sus pies chapoteaban en el agua. Y al punto se dio cuenta de que su valle era en realidad un brazo de mar y de que se acercaba la hora de la marea. Se detuvo de inmediato para ver si descubría alguna barca, y no se movió del sitio mientras la esperaba. Pero, al no aparecer ninguna, abandonó sus esperanzas y confió más bien en que el agua no siguiera subiendo. Solo cuando le llegó a la barbilla, abandonó también esta esperanza y se lanzó a nadar. Había descubierto que él mismo era una barca.
FIN

El señor Keuner y el dibujo de su sobrina - Bertolt Brecht

Contemplaba un día el señor Keuner un dibujo de su sobrinita que representaba un pollo sobrevolando un corral.
—¿Por qué tiene tu pollo tres patas? —le preguntó el señor Keuner.
—Los pollos no pueden volar —dijo la pequeña artista—, por eso le he puesto una tercera pata, para darle impulso.
—Me alegro de habértelo preguntado —dijo el señor Keuner.
FIN

El secreto de los heterónimos - Fernando Pessoa

—Toda buena conversación debe ser un monólogo de dos… Debemos, al final, no poder tener la seguridad de si hemos conversado realmente con alguien o si hemos imaginado totalmente la conversación… Las mejores y más íntimas conversaciones, y sobre todo las menos moralmente instintivas, son aquellas que los novelistas mantienen entre dos personajes de sus novelas… Por ejemplo…
—¡Por el amor de Dios! Seguro que no iba a citarme un ejemplo… Eso solo se hace en las gramáticas; no sé si recuerda que hasta nunca los leemos.
—¿Ha leído alguna vez una gramática?
—Yo, nunca. Siempre he tenido una aversión profunda a saber cómo se dicen las cosas… Mi única simpatía, en las gramáticas, era para las excepciones y para los pleonasmos… Escapar a las reglas y decir cosas inútiles resume bien la actitud esencialmente moderna. ¿No es así como se dice?
—Absolutamente… Lo más antipático que hay en las gramáticas (¿ya se ha fijado en la deliciosa imposibilidad de que estemos hablando de este asunto?), lo más antipático que hay en las gramáticas es el verbo, los verbos… Son las palabras que dan sentido a las frases… Una frase decente debe poder tener siempre varios sentidos… ¡Los verbos! Un amigo mío que se suicidó —cada vez que mantengo una conversación un poco larga suicido a un amigo— había tratado de dedicar toda su vida a destruir los verbos…
—¿Por qué se suicidó?
—Espere, todavía no lo sé… Pretendía descubrir y fijar la manera de no completar las frases sin parecer hacerlo. Solía decirme que buscaba el microbio de la significación… Se suicidó, claro está, porque un día se dio cuenta de la responsabilidad enorme que iba a echarse encima. La importancia del problema acabó con su cerebro… Un revólver…
—Ah, no… Eso de ninguna manera… ¿No ve que no podía ser un revólver?… Un hombre de esos nunca se pega un tiro en la cabeza… Usted se entiende poco con los amigos que nunca ha tenido… Es un defecto grande, ¿sabe?… Mi mejor amiga: una chica deliciosa que yo he inventado.
—¿Se llevan bien?
—Hasta donde es posible… Pero esa chica, no se imagina…
Las dos criaturas que estaban a la mesa de té no mantuvieron con seguridad esta conversación. Pero estaban tan arregladas y bien vestidas que era una pena que no hablasen así…
FIN

El sapo - Jules Renard

Nacido de una piedra, vive debajo de una y en ella se cavará la tumba.
Lo visito frecuentemente, y cada vez que levanto su piedra tengo miedo de encontrarlo y miedo de que ya no esté allí.
Pero está.
Escondido en aquella guarida seca, limpia, estrecha y propia, la ocupa plenamente, hinchado como una bolsa de avaro.
Si la lluvia le hace salir, viene a mi encuentro. Unos cuantos saltos pesados, y luego me mira con ojos enrojecidos.
Si el mundo injusto lo trata como a un leproso, yo no temo agacharme junto a él y acercar al suyo mi rostro de hombre.
Luego reprimiré un resto de asco y te acariciaré con la mano, sapo.
En la vida se tragan otros sapos que repugnan más.
Ayer, no obstante, me faltó tacto. Fermentaba y sudaba, con todas sus verrugas reventadas.
-Mi pobre amigo -le dije- no quiero ofenderte pero, ¡Dios santo! ¡qué feo eres!
Abrió su boca pueril y sin dientes, de aliento caliente, y me respondió con un ligero acento inglés:
-¡Pues anda que tú!
FIN

El sapo - Juan José Arreola

Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.

Prensado en un bloque de lodo frío, el sapo se sumerge en el invierno como una lamentable crisálida. Se despierta en primavera, consciente de que ninguna metamorfosis se ha operado en él. Es más sapo que nunca, en su profunda desecación. Aguarda en silencio las primeras lluvias.
Y un buen día surge de la tierra blanda, pesado de humedad, henchido de savia rencorosa, como un corazón tirado al suelo. En su actitud de esfinge hay una secreta proposición de canje, y la fealdad del sapo aparece ante nosotros con una abrumadora cualidad de espejo.
FIN

El sanguíneo - Antón Chejov

Todas las impresiones repercuten en él de modo ligero. En la juventud es un bebé y un bribón. Les dice groserías a los maestros, no se corta el cabello, no se afeita, usa lentes y mancha las paredes. Estudia mal, pero termina los cursos. No obedece a los padres. Cuando es rico, es un petimetre; siendo ya pobre, vive como un cerdo. Duerme hasta las doce, se acuesta a una hora indefinida. Escribe con faltas. La naturaleza lo trajo al mundo solo para el amor. Nunca está en contra de beber hasta perder el sentido; tras embriagarse por la noche hasta los diablitos verdes, se levanta animado, con una pesadez en la cabeza apenas notable, sin necesitar de la similia similibus curantur [“lo similar cura lo similar”]. Se casa sin intención. Lucha con la suegra eternamente. Se pelea con la parentela. Miente a lo loco. Ama terriblemente los escándalos y los espectáculos aficionados. En la orquesta, es el primer violín. Siendo ligero, es liberal. O nada lee en absoluto, o lee con pasión. Le gustan los periódicos, y él mismo no está en contra de ser un poco periodista. El buzón de correo de las revistas humorísticas ha sido inventado, exclusivamente, para los sanguíneos. Es constante en su inconstancia. En el servicio, es un funcionario de encargos especiales, o algo semejante. En el gimnasio, enseña literatura. Rara vez sirve hasta consejero civil activo; si sirve hasta eso, se hace flemático y a veces colérico. Los granujas, los bribones y los tunantes son sanguíneos. Dormir en una habitación con un sanguíneo no se recomienda: cuenta chistes toda la noche y, si no hay chistes, censura a los allegados o miente. Muere de enfermedad de los órganos de digestión y de extenuación prematura.
FIN

El salto cualitativo - Augusto Monterroso

-¿No habrá una especie aparte de la humana -dijo ella enfurecida arrojando el periódico al bote de la basura- a la cual poder pasarse?

-¿Y por qué no a la humana? -dijo él.
FIN

El salteador de caminos y el viajero - Ambrose Bierce

Un Salteador de Caminos enfrentó a un Viajero y, apuntándole con un arma de fuego, le gritó:
—¡El dinero o la vida!
—Mi querido amigo —dijo el Viajero—, de acuerdo con los términos de su exigencia, mi dinero salvaría mi vida, y mi vida, mi dinero. Usted indica que se apoderará de la una o del otro, pero no de ambos. Si esto es lo que usted quiere decir, le ruego que sea bueno y tome mi vida.
—No es eso lo que quiero decir —replicó el Salteador—; usted no puede salvar su dinero renunciando a su vida.
—Entonces, tómela de todos modos —dijo el Viajero—. Si no sirve para salvar mi dinero, no sirve para nada.
Tanto agradaron al Salteador la filosofía y el ingenio del Viajero, que lo tomó como socio y esta espléndida combinación de talentos fundó un periódico.
FIN

El sabio Salomón - Anónimo. Occidente

Después de la crucifixión, bajó Cristo al infierno y sacó de allí a todos, excepto al sabio Salomón.
—Tú sal de aquí por tus propios medios, usando tu sabiduría —le dijo Cristo.
Entonces, Salomón se puso a hacer una cuerda. Se le acercó un diablillo y le preguntó para qué hacía aquella cuerda.
—Como intentes aprender demasiadas cosas —le contestó Salomón—, te vas a hacer más viejo que tu abuelo Satanás. ¡Ya lo verás!
Una vez preparada la cuerda, empezó Salomón a medir con ella el infierno. El diablillo apareció de nuevo, y le preguntó para qué tomaba medidas.
—Es que, en este lugar, voy a construir un monasterio —le dijo el sabio Salomón—. Y, en aquel, una catedral.
El diablillo se asustó, echó a correr y le contó todo a su abuelo Satanás, el cual se apresuró a expulsar al sabio Salomón del infierno.
FIN

El rulo - Eduardo Gudiño Kieffer

Maqué Bonavena niqué nocauténico n´el sestorrún; mucha spetativa y despué puro amague, niún punietazo como la gente. Menomal qu´el segundo asalto stuvo mejor y el brasilero ledió con toda y el Ringo reasionó y le metió un isquierdún n´la jeta que bueno bueno; despué siguió n´el tersero bastante bien, el negro se las traía y encajó l´isquierda en cros y meta derecha demientra, pero Bonavena lo calsó coún gancho la mandíbula y ahí s´empesó ver lo qu´es bueno. N´el cuarto otro derechaso de Ringo y el brasilero buscó el blinch; n´el quinto ya noavia nada queaser: Pires quedo chomosca y al rincón y meta campana. Y Gómes dijo tonses que no seguía la pelea y subió l´médico y chamuyaron un cacho n´el rincón y a la final dijeron qu´era nocauténico de Bonavena n´el sestorrún.
Stá bien, yo no viá desir que no stá bien: el Ringo sabe peliar. Pero lo qu´es yo salí del Lunapar con una cosa quí n´la garganta y me fui a sentar n´un banco de la plaza Roma; despué me dí cuenta qu´era lástima, tenía lástima del brasilero, pobre negro, quedó más jetón de lo que lo iso su madre. N´hay caso, yo no sirvo pa estas cosas.
FIN

El reflejo - Oscar Wilde

Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
-¡Oh! -les respondió el río- aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos- ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
-¿Era hermoso? -preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…
-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.
FIN