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Bienvenidos... Recomendación de esta semana Los esclavos, de Jacques Sternberg

sábado, 27 de enero de 2018

Declaraciones periodísticas - Antonio Cruz

En declaraciones exclusivas concedidas al “PELOPONESO SPORTS” el afamado corredor Aquiles afirmó que si no hubiese sido detenido por un piquete que cortaba la ruta en las afueras de Elea, el cual lo mantuvo detenido durante varias horas y cuyo cabecilla era un sujeto llamado Zenón, él jamás habría sido derrotado por la tortuga.

                                                                          FIN

Ensueño - Sergio F. S. Sixtos



Soñó con el cielo al revés y al despertar, el cielo seguía en su lugar, el bien tan lejos del mal y la rabia al otro extremo de la serenidad.

                                                                        FIN

Juego de historias - Sergio F. S. Sixtos

Una vieja leyenda, invita a encender cien velas y narrar un cuento de terror por cada vela encendida. Al concluir cada historia, se apaga una vela. Se dice que en la narración número cien (en la oscuridad total), un fantasma aparecerá.

Alicia contó la última historia y apagó la vela; pasaron los minutos y nada ocurrió. Me levanté y encendí la luz, fue entonces cuando todos comenzaron a gritar.

                                                                        FIN

La incrédula - Edmundo Valadés

Sin mi mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.
-Lo sé –respondió-, pero quiero estar cierta.
Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizás ya innecesaria.
FIN

La imperturbabilidad de Buda - Anónimo. India

Durante muchos años el Buda se dedicó a recorrer ciudades, pueblos y aldeas impartiendo la Enseñanza, siempre con infinita compasión. Pero en todas partes hay gente aviesa y desaprensiva. Así, a veces surgían personas que se encaraban al maestro y le insultaban acremente. El Buda jamás perdía la sonrisa y mantenía una calma imperturbable. Hasta tal punto conservaba la quietud y la expresión del rostro apacible, que un día los discípulos, extrañados, le preguntaron:
-Señor, ¿cómo puedes mantenerte tan sereno ante los insultos?
Y el Buda repuso:
-Ellos me insultan, ciertamente, pero yo no recojo el insulto.
FIN

La humildad premiada - Julio Torri

En una universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí un brillante provenir en la crítica literaria.
Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos a la mañana siguiente. Tan inaudita facultad de repetir con exactitud constituía la desesperación de los más consumados constructores de máquinas parlantes.
Y así transcurrieron largos años hasta que un día, en fuerza de repetir ideas ajenas, nuestro profesor tuvo una propia, una pequeña idea propia luciente y bella como un pececito rojo tras el irisado cristal de una pecera.
FIN

La honda de David - Augusto Monterroso

Había una vez un niño llamado David N., cuya puntería y habilidad en el manejo de la resortera despertaba tanta envidia y admiración en sus amigos de la vecindad y de la escuela, que veían en él -y así lo comentaban entre ellos cuando sus padres no podían escucharlos- un nuevo David.
Pasó el tiempo
Cansado del tedioso tiro al blanco que practicaba disparando sus guijarros contra latas vacías o pedazos de botella, David descubrió que era mucho más divertido ejercer contra los pájaros la habilidad con que Dios lo había dotado, de modo que de ahí en adelante la emprendió con todos los que se ponían a su alcance, en especial contra Pardillos, Alondras, Ruiseñores y Jilgueros, cuyos cuerpecitos sangrantes caían suavemente sobre la hierba, con el corazón agitado aún por el susto y la violencia de la pedrada.
David corría jubiloso hacia ellos y los enterraba cristianamente.
Cuando los padres de David se enteraron de esta costumbre de su buen hijo se alarmaron mucho, le dijeron que qué era aquello, y afearon su conducta en términos tan ásperos y convincentes que, con lágrimas en los ojos, él reconoció su culpa, se arrepintió sincero y durante mucho tiempo se aplicó a disparar exclusivamente sobre los otros niños.
Dedicado años después a la milicia, en la Segunda Guerra Mundial David fue ascendido a general y condecorado con las cruces más altas por matar él solo a treinta y seis hombres, y más tarde degradado y fusilado por dejar escapar con vida una Paloma mensajera del enemigo.
FIN

La gran comida - Bertolt Brecht

En la isla Thurö vivían un hombre y una mujer en medio de una austeridad absoluta. Durante toda su vida el hombre solo llevó camisas hechas de costales. En invierno, y por no calentar la casa, los dos se sentaban ante la puerta del establo abierta, y aprovechaban el calor del ganado. Cuando murieron, uno poco después del otro, fueron enterrados juntos, y, con los bienes que dejaron o mediante una colecta, se organizó una cena fúnebre en la que participó todo el pueblo, como manda la costumbre. Fue la única comida abundante que ofreció la pareja.
FIN

La francesa - Adolfo Bioy Casares

Me dice que está aburrida de la gente. Las conversaciones se repiten. Siempre los hombres empiezan interrogándola en español: «¿Usted es francesa?» y continúan con la afirmación en francés: « J’aime la France». Cuando, a la inevitable pregunta sobre el lugar de su nacimiento ella contesta «Paris», todos exclaman: «Parisienne!», con sonriente admiración, no exenta de grivoiserie como si dijeran «comme vous devez éter cochonne!». Mientras la oigo recuerdo mi primera conversación con ella: fue minuciosamente idéntica a la que me refiere. Sin embargo, no está burlándose de mí. Me cuenta la verdad. Todos los interlocutores le dicen lo mismo. La prueba de esto es que yo también se lo dije. Y yo también en algún momento le comuniqué mi sospecha de que a mí me gusta Francia más que a ella. Parece que todos, tarde o temprano, le comunican ese hallazgo. No comprendo -no comprendemos- que Francia para ella es el recuerdo de su madre, de su casa, de todo lo que ha querido y que tal vez no volverá a ver.
FIN

La fotogenia del fantasma - Gabriel García Márquez

Los fantasmas, acomodándose a las nuevas circunstancias, empiezan a aficionarse a la mecánica. En el domicilio del marqués de Ely, en Hove, cerca de Brighton, Londres, ha hecho su misteriosa aparición un fantasma que no es tan misterioso por ser fantasma como por ser un fantasma exclusivamente fotogénico. En su departamento particular, el joven marqués -25 años- tomó con luz artificial la fotografía de una amiga, convencido de que estaba solo con ella. Pero la fotografía reveló que el marqués se equivocaba: además de ellos, había un fantasma en la habitación. Un fantasma que nadie ha conocido personalmente sino en fotografía, y que por consiguiente nadie puede decir cómo es en realidad, pues no hay testimonio de que el conflictivo, original y modernizado espectro sea igual o por lo menos parecido a sus retratos.
FIN

La foto - Enrique Anderson Imbert

Jaime y Paula se casaron. Ya durante la luna de miel fue evidente que Paula se moría. Apenas unos pocos meses de vida le pronosticó el médico. Jaime, para conservar ese bello rostro, le pidió que se dejara fotografiar. Paula, que estaba plantando una semilla de girasol en una maceta, lo complació: sentada con la maceta en la falda sonreía y…
¡Clic!
Poco después, la muerte. Entonces Jaime hizo ampliar la foto -la cara de Paula era bella como una flor-, le puso vidrio, marco y la colocó en la mesita de noche.
Una mañana, al despertarse, vio que en la fotografía había aparecido una manchita. ¿Acaso de humedad? No prestó más atención. Tres días más tarde: ¿qué era eso? No una mancha que se superpusiese a la foto sino un brote que dentro de la foto surgía de la maceta. El sentimiento de rareza se convirtió en miedo cuando en los días siguientes comprobó que la fotografía vivía como si, en vez de reproducir a la naturaleza, se reprodujera en la naturaleza. Cada mañana, al despertarse, observaba un cambio. Era que la planta fotografiada crecía. Creció, creció hasta que al final un gran girasol cubrió la cara de Paula.
FIN

La fe y las montañas - Augusto Monterroso

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía. 
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.
FIN

La flor del amor - Salarrué

La mariposa loca revoloteó junto a la rosa, con tan poco tino que se clavó en la espina y allí quedó muerta, con sus alas azulverdeoro, bellamente fláccidas, caídas sobre las hojas.
-¿Qué flor eres? -preguntó sorprendida y celosa la rosa reina del jardín.
-Soy la legítima flor del amor -repuso la espina orgullosa.
Y sin saberlo, decía la verdad.
FIN

miércoles, 17 de enero de 2018

Los siete trabajos de Hércules García - Daniel Frini



La hija del vasco Arreche era todo para Hércules. Pero para el vasco, García era, a todas luces, inferior a su pequeña y no la merecía. Cuando por fin se dio la combinación exacta entre ganas y miedo del novio y condescendencia del vasco, el galán pudo pedir la mano de Teresa. Arreche lo escuchó callado y dijo: 

—Vea, García, va a tener que demostrarme que puede mantener a mi hija. Trabajará para mí durante un tiempo, y si me satisface su labor, después hablamos de casamiento. 

Hércules accedió esperanzado. 
Debió matar a los doce chanchos del tano Bonifacini, a puros besos de lengua; aflojarle las ruedas al sulky del polaco Pyrik, que lo corrió a escopetazos; poner tinta china al agua bendita de la Iglesia del padre Juan; silbar el tango «Mi noche triste» medio tono más alto, mientras el vasco le apretaba, levemente, los testículos con una morsa; domar a la suegra del chileno Segovia, que ya había enterrado siete maridos; cobrar cinco pesos de entrada en la mesa catorce, para poder votar en las elecciones del año noventa y tres; y, finalmente, fotografiar en bolas a la intocable rusa Vielisky. La rusa lo sorprendió; pero en lugar de denunciarlo, lo invitó a pasar. García jamás regresó a lo de Arreche. Teresa quedó para vestir santos; y el vasco con una hija solterona y amargada, y sin las fotos de la rusa, que tanto ansiaba.

                                                                          FIN

El ataúd usado - Ada Inés Lerner

Después de discurrir largamente, mi hermano Simón decide que no es inconveniente que yo comparta el ataúd con el tío Ismael (fallecido allá lejos y hace tiempo). 
Dice Simón a la familia: es notable la diferencia de precio e ínfima la posibilidad de que, con el tiempo, la comunidad sospeche un incesto. 

La funeraria (el dueño es gentil) le ha ofrecido cremación y urna por un precio más conveniente y Simón – que ha extraviado los preceptos de la religión - aceptó.
A partir de ese treinta de abril comparto una vasija mortuoria con Ismael, judío liberal y viudo de primeras nupcias; se trata de un hombre desconocido para mí; eso es lo que a juicio de Simón evita los comentarios maledicientes y además – adujo - no puede ser atrevida tamaña cercanía con alguien que me lleva casi doscientos años.

                                                                                FIN

Irina - Ana María Caillet Bois

Irina guardaba un cuadro. Era una naturaleza muerta donde las frutas estáticas parecían tristes. Lo había heredado de su abuela y aunque a nadie de la familia le gustara, Irina lo conservaba como un tesoro. Siempre abría el viejo baúl y lo observaba a escondidas de los demás; pero un día le pareció que una gran manzana había desaparecido. Ella estaba segura de haberla visto justo al lado de un jugoso durazno, pero claro, era imposible. Sorprendida, pensó que se había equivocado, que siempre había sido así. Pasó un tiempo y con gran curiosidad volvió a abrir el viejo baúl. ¿Se estaba volviendo loca? Ahora en lugar de frutas bien acomodadas una al lado de la otra había un grupo de niños harapientos que se daba un festín.

                                                                        FIN

El método deductivo - Gabriel Jiménez Eman

Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba desde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a un lado, todavía humeante.

                                                                     FIN
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La princesa y el dragón - Triunfo Arciénagas

Murieron trescientos hombres y otros tantos aún no se recuperan de las quemaduras. No le dieron muerte al dragón pero rescataron con vida a la princesa. No ha servido de nada. La muchachita escapó del castillo esta mañana.

                                                                     FIN

Una pasión en el desierto - José de la Colina

El extenuado y sediento viajero perdido en el desierto vio que la hermosa mujer del oasis venía hacia él cargando un ánfora en la que el agua danzaba al ritmo de las caderas.
—¡Por Alá —gritó—, dime que esto no es un espejismo!
—No —respondió la mujer, sonriendo—. El espejismo eres tú.
Y, en un parpadeo de la mujer, el hombre desapareció.

                                                                          FIN

La liebre y la tortuga - José de la Colina

Jadeante hasta la agonía y poco antes de desplomarse al suelo, la Liebre le preguntó a la Tortuga:

— ¿Cómo es posible? ¿Tú? ¿Tú ganarme la carrera?

Y la Tortuga, mirándose las uñas, susurró:

— Lo siento, pero olvidé decirte que mi otro nombre es Muerte.

                                                                           FIN

Etcétera - José de la Colina

El actor, advirtiendo que su nombre se omitía en la crónica periodística del estreno, en la que sólo se decía: “Cumplieron bien con sus personajes los experimentados Fulano, Zutana, etcétera”, miró el etcétera con una lupa y descubrió levemente aliviado que, en fin, bueno, sí: allí, aunque algo apretujado, estaba él.

                                                                    FIN

Caperucita y el lobo - Jairo Aníbal Niño

El lobo entre los vapores de la borrachera mostró la larga cicatriz de su vientre y con voz aguardientosa dijo: Mi pena me ha lanzado a la pernicia y al vino. Mi desgracia es inmensa. Pero, ¿quién iba a malicia de la abuela? ¿Quién iba a pensar que en el sorbete de curuba hubiera echado un menjurje que me quitó las fuerzas? Impotente, sin poderme mover, vi cuando el cazador me abrió el vientre y sacó a Caperucita Roja a viva fuerza porque ella no quería salir, no quería abandonar me y se agarraba con sus manos de alabastro a mis entrañas y sin poder ayudarla di cuando se la llevaron a los empellones mientras ella lloraba de tristeza. Después me enteré de que la habían mandado muy lejos, a otra historia. Por eso, el nido que ella me dejó por dentro lo estoy llenando con vino.

                                                                       FIN 

Blasfemia - Jairo Aníbal Niño

Y Dios, desde la mata de su solitud, de las distancias y del tiempo, había emprendido la búsqueda. Como un aire de luz se desplazaba por el espacio infinito.

Se había posado en planetas de piel de niebla, en estrellas de entrañas irisadas, había viajado cubierto por el polvo de un sol moribundo, se había metido en interminables ojos estelares, y había llegado a galaxias llenas de un silencio blanco y duro.

Fatigado, descendió un día en un planeta calafateado por nieves eternas. Se dejó caer junto a una montaña gemidora y mirando hacia el espacio, hacia un solecito tibio y unos astros diminutos que lo acompañaban, decidió suspender la búsqueda, regresar a su estrella apagada, y el paroxismo de su soledad y desesperación, la blasfemia estalló en sus labios cuando dijo:

—He sido un iluso; el hombre no existe.

Decisión - Vivian Gornick

En 1907 Edmund Gosse pensó que tenía que dejar a su padre para convertirse en él mismo; setenta años después Geoffrey Wolff sabe que no puede hacerlo porque se ha convertido en su propio padre.

                                                                          FIN




El ahogado que nos traía caracoles - Gabriel García Márquez

Soñé con escribir un cuento del cual sólo tenía el título: El ahogado que nos traía caracoles. Recuerdo que se lo dije a Alvaro Cepeda Sumudio en una fragosa noche de la casa de amores de Pilar Ternera, y él me dijo: "Ese título es tan bueno que ya ni siquiera hay que escribir el cuento".

                                                                         FIN

El hombre - Gabriel García Márquez

El hombre había llegado caminando a un pueblo de artesanos y había preguntado por alguien a un hombre que laboraba con un tractor. Sin remedio: el tractor no volvió a funcionar. Lo mismo ocurrió a la máquina de coser de la costurera a quien hizo la misma pregunta poco después, y a todas las máquinas de oficios diversos con cuyos propietarios tuvo algo que ver. Hice muchas versiones antes de que el ángel de la guarda, que tan mal se ocupa de los escritores tercos, me convenció de que no insistiera más, por la razón más simple del mundo: era un cuento muy malo.

                                                                        FIN

El remordimiento - Jairo Aníbal Niño

Nadie supo jamás que Noé buscó desesperadamente el olvido en la borrachera del vino, porque el día gris en que el hambre y la desesperación empaparon al arca, él, en lo más oscuro de la bodega, había devorado la pareja de animales refulgentes de corazón dorado, capaces de cantar y con la facultad para contar historias por medio del baile. Eran los dos animales más bellos del mundo.

                                                                       FIN

El águila y los gallos - Esopo

Dos gallos reñían por la preferencia de las gallinas, hasta que al fin uno puso en fuga al otro.

El perdedor, resignado, se refugió en un matorral, dispuesto a pasar allí el resto de sus días. En cambio, muy ufano, el vencedor se subió a una tapia alta y se dedicó a cantar con gran estruendo. Mas no tardó un águila en caerle y raptarlo. 

Entonces el gallo que había perdido la riña se quedó con todo el gallinero.
              
                                                                   FIN

El león enamorado - Esopo

Un león, enamorado de la hija de un labrador, la pidió por esposa. El labrador, que no se atrevía a entregar a su hija a una fiera, ni tampoco podía negarse por el miedo que le tenía, se le ocurrió lo siguiente: como el león lo apremiaba continuamente, le dijo que lo consideraba digno de desposar a su hija, pero que no se la podía dar a menos que se dejara arrancar los dientes y cortar las uñas, porque esto es lo que le daba terror a la muchacha. El león, por amor, se dejó hacer las dos cosas, entonces el labrador, perdido todo el respeto hacia él, en cuanto se presentó lo echó a palos.

                                                                    FIN

El águila, el cuervo y el pastor - Esopo

Un águila se lanzó desde la cima de la montaña y atrapó un corderito.
Un cuervo, tratando de imitar al águila, se lanzó sobre un carnero, pero con tan mal conocimiento en el arte que sus garras se enredaron en la lana, y no logró soltarse. 
Viendo el pastor lo que sucedía, cogió al cuervo, le recortó las puntas de sus alas y se lo llevó a sus niños.
Le preguntaron sus hijos acerca de que clase de ave era aquella, y les dijo:

- Para mí, sólo es un cuervo, pero él se cree águila.

                                                                         FIN

Ícaro - Elmo Valencia

Ícaro comenzó a prepararse para la grande aventura. Cuando llegó el momento culminante levantó vuelo y comenzó a sondear el Universo de Cielo. Recorrió su cintura; bajó varias veces por los muslos hasta el límite de los pies; estudió con detenimiento el corazón, pues le mortificaba saber que ese órgano tan lleno de bondad y sabiduría fuera tan falsamente comprendido; atravesó la vía láctea de sus senos dejando en su pecho un resplandor de luz anaranjada. Se internó por la garganta y conoció la andrómeda de sus labios; subió hasta los dos astros de sus ojos, y allí por primera vez Cielo e Ícaro se miraron mutuamente. Le dio varias vueltas al planeta del cerebro, avanzó tal vez buscando el milagro de la vida por entre los brillantes tejidos de la carne, se cercioró de la blancura de los huesos y, finalmente, embriagado de tanta belleza, cayó en el torrente circulatorio de Cielo y allí entre la espuma del tiempo y de la sangre, quedó girando y girando hasta que Ícaro se agotó como un meteoro.

                                                                        FIN

Amantes - Francisco Rodríguez Criado

Imposible ignorar la identidad de aquella mujer recostada sobre su pecho. Era su esposa, la madre de sus hijos, quién si no. Pero había regresado del sueño con tantos deseos de dar y recibir, que sucumbió a la fantasía más infame: pensó que era una desconocida y la estrechó cariñosamente entre sus brazos. Ella, envuelta aún en la resaca del sueño, no pudo sospechar que aquellos brazos dulces pertenecían a su marido. Nunca antes, reflexionaron cuando todo hubo acabado, habían sido tan infieles el uno al otro. El llanto de un niño, procedente de una de las habitaciones contiguas, no hizo sino agravar ese sentimiento. Y no por amor sino para repartirse la losa de la culpa, volvieron a abrazarse.

                                                                         FIN

La zorra y los racimos de uvas - Esopo

Una zorra hambrienta vio, colgados de una parra, unos deliciosos racimos de uvas.
Saltó varias veces y no pudo alcanzarlos. Al fin, se alejó diciéndose:

-Ni siquiera me agradan, están tan verdes.

                                                             FIN

La zorra y el leñador - Esopo

Una zorra, perseguida por los cazadores, llegó a la casa de un leñador y le suplicó que la escondiera. El hombre la dejó entrar.
Casi de inmediato llegaron los cazadores y le preguntaron si había visto a la zorra.
El leñador les dijo que no, pero con su mano disimuladamente señaló el rincón de la casa donde se había escondido.
Los cazadores no comprendieron la seña y se confiaron únicamente en la palabra.
La zorra, al verlos marcharse, salió sin decir nada.
-¿No me das las gracias por haberte salvado? -le reprochó el leñador.
Y la zorra respondió:
-Te hubiera dado las gracias si tus manos y tu boca hubieran dicho lo mismo.

                                                                    FIN

La zorra y el espino - Esopo

Una zorra que saltaba sobre unos montículos estuvo de pronto a punto de caerse. Se agarró a un espino para evitar la caída, pero sus púas le hirieron las patas.


-Acudí a ti por tu ayuda, y más bien me has herido -dijo, adolorida.

- Tu tienes la culpa por agarrarte a mí -respondió el espino-. Hiero a todo el mundo y tú no eres la excepción.

                                                                       FIN

El zopilote - Joaquin Filio

A la hora de comer, mientras cuchareamos la sopa, sus ojos nos contemplan hambrientos y aunque mamá agregue pimienta, limón o salsa, el plato que le fue servido permanece intacto.

                                                                           FIN

Una carrera - Aura García Junco

Iba corriendo con las manos llenas de letras; el cuerpo empapado de mil historias. El aliento era cada vez más veloz y desesperado y en el paso pesado tiraba palabras escurridizas. Cada vez más el camino que andaba se oscurecía de monosílabos, consonantes sordas, palabras surgidas del azar. Para cuando llegó, las manos estaban casi vacías y su cuerpo impregnado de sudor. Las suaves historias palpitaban en su pecho, revueltas entre sí de tantas y de agitación.
No llores, le dijo. Pon las pocas letras que quedan en la mesa, ya las cenaremos en un rato

                                                                        FIN

Alado - Aura García Junco

Piensas que puedes abrir las alas y volar al mundo. Piensas que puedes huir, huir lejos. Piensas, también, que el mundo es tuyo porque eres sabio, que eres un rebelde, un forajido. Al diablo, partamos. Te decides a emprender el camino difícil. Al salir, todo te parece posible; es más, parece que la libertad es aquello para lo que naciste. Te llenas los pulmones de aire de un respiro y ríes. Te hiperventilas de tanto espacio y luz. Y entonces, caes, de golpe, al suelo. O mejor, al mar.

                                                                        FIN

Solo el azar logra el crimen perfecto - Vladimir Nabokov

Madame Lacour fue asesinada en Arles, al sur de Francia, a fines del siglo pasado. Un hombre desconocido con barba, que, según se conjeturó después, podría haber sido un amante secreto de la dama, se dirigió a ella en una calle atestada de gente, al poco tiempo de su casamiento con el coronel Lacour, y le dio tres puñaladas mortales en la espalda; mientras tanto, el coronel, una especie de pequeño bulldog, se colgaba del brazo del asesino. Por una coincidencia milagrosa, en el instante mismo en que el asesino se libraba de las mandíbulas del enfurecido esposo (mientras varios curiosos cerraban círculo en torno al grupo), a un italiano medio chiflado, que vivía en la casa más cercana al lugar donde se desarrollaba la escena, le estalló accidentalmente una bomba que estaba preparando, y al instante la calle se convirtió en un pandemónium de humo, ladrillos que volaban y gente que corría. La explosión no hirió a nadie (aunque puso fuera de combate al coronel Lacour), y el vengativo amante de la dama huyó entre la multitud, y vivió tranquilamente el resto de sus días.

                                                                    FIN

Berta y los jorobados - Isaac Bashevis Singer

Nunca paseé con Berta en la calle. Le dictaba las clases en casa de una amiga de ella que era jorobada. Precisamente por ser jorobada no me intimidaba. Si todo el pueblo fuera de jorobados, me habría atrevido a pasear con Berta por la plaza. Pero, ¿cómo se consigue todo un pueblo de jorobados?

                                                                          FIN

Un héroe - Isaac Bashevis Singer

Caminé por mucho tiempo hasta llegar a un parque. Me senté en una banca totalmente anonadado por lo que me había sucedido. De hecho, ya no quería regresar a casa. Un hombre que va al baño y se pierde queda convertido en un ridículo. Se me ocurrió que era mejor desaparecer bajo extrañas circunstancias, y ese fue mi deseo: desaparecer como una piedra en un lago. Es mejor ser un héroe en una tragedia que un tonto en una comedia.
        
                                                                        FIN

El abuelo - Anónimo

Cuando mi abuelo tenía 70 años, el médico le recomendó que caminara 10 km diarios. Ahora tiene 80 años y no sabemos dónde está.

                                                                       FIN

Tomado de http://eltriunfoarciniegas.blogspot.com.ar/

Carrera - Jaime Fernández

Corro frenético por la calle hasta alcanzar el umbral; entro y tranco la puerta. Le he ganado la carrera a la parca. Abrazo a mi madre, quien me besa feliz y me estrecha entre sus brazos.
-No temas, hijo, ella nunca te va a alcanzar -me dice, con la ternura de siempre. Igual que cuando vivía en este mundo.

                                                                              FIN

Exposición - Jaime Fernández

Veo al hombre en la sala. Se aproxima, me observa con atención, intenta tocarme; hunde su dedo índice sobre el lienzo y alcanza mi rostro.

De nuevo la sala queda vacía.

                                                                       FIN

Una dentellada - Jaime Fernández

Agazapado entre los arbustos del parque el hombre siente, como una dentellada en su vientre, el abrazo y el beso clandestinos entre su mujer y el joven amante.

Más tarde, los tres cuerpos yacen sobre la piel húmeda del césped -en medio del ulular de sirenas-, y, sin saberlo, posan para la foto del diario amarillo de mañana.

                                                                   FIN

Un compositor - Roberto Abad

Hace cientos de años un compositor quedó atrapado en su obra cumbre: un lugar frío y aparentemente sin ventanas. Ahora que el lector ha llegado hasta aquí, después de mucho, el hombre redescubre la luz, la salida. No sabe cómo actuar, ha pasado tanto tiempo. Quiere decir gracias, pero no se atreve. Opta, finalmente, por irse al rincón, ya no le importa salir. A su edad, en lo único que piensa es en su muerte, que sucederá cuando el lector cambie de página.

                                                                               FIN

Lobos - Mátija Béckovic

Según una historia famosa del lejano norte, los cazadores de lobos mojan en sangre fresca un puñal de doble filo y clavan el mango en el hielo del desierto nevado. El lobo hambriento siente la sangre desde lejos, especialmente en el aire puro y punzante, bajo las estrellas altas y heladas, y pronto encuentra el anzuelo sangriento. Se corta la lengua lamiendo la trampa congelada. Chupa su sangre caliente de la hoja fría y no puede parar hasta que se desploma, repleto de su propia sangre.

                                                                          FIN

Tomado de http://eltriunfoarciniegas.blogspot.com.ar/

Aborto - Juan José Millás

Cuando mi tía Maruja tuvo un aborto, abrí a escondidas el tomo correspondiente de la enciclopedia Espasa, que estaba en la habitación de mis padres, y busqué la palabra para ver qué rayos era aquello de lo que sólo se podía hablar en voz baja. Decía así: 'Cosa sobrenatural, estupenda, rara o caprichosa que está fuera de las leyes normales'. De modo que mi tía había tenido una cosa sobrenatural, estupenda, rara o caprichosa que estaba fuera de las leyes normales. Aquello me excitó, y aunque no conseguí verle a mi tía la cosa sobrenatural por ninguna parte, supuse que la ocultaba debajo de la ropa, y de la ropa interior para ser más exactos.

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Hombrecillos - Juan José Millás

Estaba escribiendo un articulo sobre las últimas fusiones empresariales, cuando noté un temblor en el bolsillo derecho de la bata, de donde saqué, mezclados con varios mendrugos de pan, cuatro o cinco hombrecillos que arrojé sobre la mesa, por cuya superficie corrieron en busca de huecos en los que refugiarse.
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Pobrecito - Carlos Monsiváis

Y luego, había el niño de nueve años que mató a sus padres y pidió al juez clemencia porque él era huérfano.

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