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Bienvenidos... Recomendación de esta semana Los esclavos, de Jacques Sternberg

lunes, 15 de enero de 2018

La escopeta - Juan Carlos Onetti

No era noche cerrada cuando estiré el brazo para encender la lámpara sobre la mesa. Era necesario que terminara de escribir mi artículo antes del alba y correr para echarlo al buzón y esperar acurrucado que volviera el cartero entre la bruma que el amanecer iba castigando con látigo del color exacto de la sangre fresca y brillante. Volvía muy gordo y tranquilo trayéndome el cheque mensual y era necesario apurarse y no fue más que encender la luz y oír el ruido de alguien tratando de forzar la cerradura y alrededor de mí la soledad de la aldea desierta, inmovilizada por la luna vertical justo en el centro geométrico del mundo tan inmenso con tantos millones de camas donde balbuceaban sus sueños personas diversas y dormidas, cada una con un hilo de baba rozando las mejillas y estirándose con dibujos raros en la blancura de las almohadas. Hasta que salté y me puse a un costado de la puerta preguntando muchas veces con un ritmo invariable quién es, qué quiere, qué busca. Y un silencio y el forcejeo rodeó la casita y continuó trabajando en una de las ventanas no recuerdo cuál, impulsándome en dos movimientos sucesivos, casi sin pausa, a matar con la palma de la mano la luz de la mesa y abrir el armario para sacar la escopeta y luego caminando de una ventana a otra y de una ventana a la puerta, según variaban los ruidos del ladrón, siempre preguntando hasta la ronquera qué busca, haciendo girar la escopeta, oliendo crecer desde el pecho y las axilas el olor tenebroso del miedo y la fatalidad.
Después de una pausa y un pequeño ruido de papeles, el hombre de la baba blanca habló detrás de mi nuca. Su voz era átona:
—Este sí que es fácil. Un sueño elemental. Hasta un niño podría interpretarlo. Yo soy el ladrón que busca saber, entrar en su ego. ¿Por qué tanto miedo?
FIN

Los esclavos - Jacques Sternberg

En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.
Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.
Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.
FIN

La encuesta - Slawomir Mrozek

Salgo de un supermercado y los de la tele van y me preguntan:
—¿Existe Dios o no existe?
—Ahora le digo —le contesto al del micrófono—, en cuanto me alise el pelo.
Saqué un peine del bolsillo y me alisé el pelo. Luego, me acordé de que tenía un grano en la nariz.
—¿Tal vez mejor de perfil? —le digo al de la cámara.
Me puse de perfil ante la cámara.
—¿Y si me acerco a casa para ponerme algo que me favorezca más? Vivo cerca.
No respondieron. Y no me he dado aún la vuelta cuando veo que ya no están a mi lado. Ahora encuestaban a una tipa. Y ya iba yo a meterme por medio —cómo voy a permitir que una tipa me arrebate una intervención en la tele—, pero se me había olvidado cuál era la pregunta, así que me fui a casa.
FIN

La elocuencia del silencio - Anónimo. India

Un padre deseaba para sus dos hijos la mejor formación mística posible.
Por ese motivo, los envió a adiestrarse espiritualmente con un reputado maestro de la filosofía vedanta. Después de un año, los hijos regresaron al hogar paterno. El padre preguntó a uno de ellos sobre el Brahmán, y el hijo se extendió sobre la Deidad haciendo todo tipo de ilustradas referencias a las escrituras, textos filosóficos y enseñanzas metafísicas. Después, el padre preguntó sobre el Brahmán al otro hijo, y éste se limitó a guardar silencio.
Entonces el padre, dirigiéndose a este último, declaró:
-Hijo, tú sí que sabes realmente lo que es el Brahmán.
FIN

La disputa - Anónimo. India

En el bosque habitaban el rey de los cuervos y el rey de los búhos, ambos con su legión respectiva de cuervos y búhos. Siempre habían compartido la paz del bosque, pero resulta que cierto día el rey de los cuervos y el rey de los búhos se encontraron y comenzaron a intercambiar impresiones. El rey de los cuervos preguntó:
-¿Por qué tú y tu legión de búhos trabajan por la noche?
El búho, sorprendido, replicó:
-Son ustedes los que trabajan por la noche. Nosotros trabajamos de día. Así que no mientas.
Y los dos reyes se enzarzaron en una discusión, ambos convencidos de que trabajaban de día. Hasta tal punto la discusión comenzó a adquirir un carácter de violencia, que la legión de cuervos y la de búhos se disponían a entrar en combate. Pero cuando la situación estaba llegando a su momento más crítico, apareció por allí un apacible cisne que, al enterarse de la disputa, dijo:
-Cálmense todos, queridos compañeros.
Y dirigiéndose a los reyes, dijo:
-No deben en absoluto pelear, porque los dos tienen razón. Desde sus perspectivas, los dos trabajan de día.
FIN

La dicha de vivir - Leopoldo Lugones

Poco antes de la oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús, conversaba con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.
-Yo soy el resucitado de Naim -dijo el hombre-. Antes de mi muerte, me regocijaba con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo atribuirlo?
-Es que cuando el Maestro resucita a alguno, asume todos sus pecados -respondió el apóstol-. Es como si aquel volviera a nacer en la pureza del párvulo…
-Así lo creía y por eso vengo.
-¿Qué podrías pedirle, habiéndote devuelto la vida?
-Que me devuelva mis pecados -suspiró el hombre.
FIN

La curación de la hija del zar - Anónimo. Occidente

En el momento en que un joven mercader se embarcaba, un viejo pidió ser contratado.
—¿Cómo vas a trabajar tú, siendo tan viejo? —le dijo el joven.
—Soy muy trabajador. Puedo más que tres hombres. Te haré próspero. Solo pido como pago la mitad de lo que ganemos.
Llegaron a un país donde el mercader recibió el encargo de librar de un mal a la hija del zar. El viejo le entregó tres leños y una taza de agua, y le dijo lo que tenía que hacer. A medianoche, se levantó la hija del zar del ataúd. El mercader le tiró un leño, y ella se lo tragó. Le tiró el segundo leño, y se lo tragó también. Le tiró al tercero, e hizo lo mismo.
—Ahora te voy a comer a ti —amenazó la hija del zar.
—Espera. Déjame beber un poco de agua —le contestó el mercader.
Se llenó de agua la boca, y roció a la hija del zar. Ella se estremeció y quedó curada al instante. El joven se casó con la hija del zar y regresó a su casa con muchas riquezas.
—Ahora vamos a repartirlo todo —le dijo el viejo.
El hijo del mercader sacó su dinero y empezó a repartirlo en partes iguales.
—¿Por qué repartes solo el dinero? Hemos traído, además, a la hija del zar. Vamos a repartirla a ella también.
Tomó una espada y cortó a la joven en dos. El joven se afligió mucho y le dijo:
—¡Dios te ayude! ¿Por qué la has matado?
—¿De modo que te da pena? —constató el viejo.
Juntó las dos partes, dio un soplido y la princesa se levantó al instante, igual que era antes.
—Aquí tienes a tu mujer. Vive con ella como Dios manda -dijo el viejo, y desapareció.
FIN

La cueva de Montesinos - Enrique Anderson Imbert

Soñó don Quijote que llegaba a un transparente alcázar y Montesinos en persona -blancas barbas, majestuoso continente- le abría las puertas. Solo que cuando Montesinos fue a hablar don Quijote despertó. Tres noches seguidas soñó lo mismo, y  siempre despertaba antes de que Montesinos tuviera tiempo de dirigirle la palabra. Poco después, al descender don Quijote por una cueva, el corazón le dio un vuelco de alegría: ahí estaba nada menos que el alcázar con el que había soñado. Abrió las puertas un venerable anciano al que reconoció inmediatamente: era Montesinos.
-¿Me dejarás pasar? -preguntó don Quijote.
-Yo sí, de mil amores -contestó Montesinos con aire dudoso-, pero como tienes el hábito de desvanecerte cada vez que voy a invitarte…


FIN

La creación de la Tierra - Anónimo. Ruso.

Al inicio del mundo, deseó Dios crear La Tierra. Llamó al demonio y lo envió al fondo del mar para que cogiera un puñado de tierra y se la trajera.
“Pues bien”, piensa Satanás, “¡yo haré una tierra que sea igual, y para mí!”.
Se metió en el agua, cogió tierra en una mano, y también llenó de tierra su boca. Subió y le entregó a Dios, sin poder decir palabra alguna.
Por todos los sitios en los que arrojaba Dios la tierra, aparecía una superficie tan llana, que si uno se ponía en un extremo, veía todo lo que había en el otro.
Satanás lo vio, quiso decir algo y se atragantó.
Le preguntó Dios qué era lo que quería. Satanás empezó a toser, y echó a correr, tal fue el miedo que se apoderó de él. Huyó perseguido del trueno y del relámpago, que fueron golpeándolo. Y, allí donde caía, se fueron alzando collados y cerros. Donde tosía, crecía un monte. Y donde saltaba, se levantaban hacia el cielo picos de altísimas montañas. Así, recorriendo La Tierra, la surcó toda, y la cubrió de colinas, cerros, montes y picos altos.
FIN

La copia perfecta - Anónimo. Mundo árabe.

Nasrudín estaba en Turquía visitando a un amigo. Una noche, se sentaron fuera, bajo el cielo estrellado. Enseguida, el mulá empezó a dar sonoras muestras de aprobación.
—¿Por qué haces “¡ooh!” y “¡aah!”?
—Estaba admirando tu cielo y me asombraba de la maestría de los pintores de cielos de aquí. Han hecho una copia perfecta de las estrellas que tenemos en mi tierra natal.
FIN

La conquista de la luna - Julio Torri

Después de establecer un servicio de viajes de ida y vuelta a la Luna, de aprovechar las excelencias de su clima para la curación de los sanguíneos, y de publicar bajo el patronato de la Smithosonian Institution la poesía popular de los lunáticos (Les Complaintes de Laforgue, tal vez) los habitantes de la Tierra emprendieron la conquista del satélite, polo de las más nobles y vagas displicencias.
La guerra fue breve. Los lunáticos, seres los más suaves, no opusieron resistencia. Sin discusiones en café, sin ediciones extraordinarias de El matiz imperceptible, se dejaron gobernar de los terrestres. Los cuales, a fuer de vencedores, padecieron la ilusión óptica de rigor —clási­ca en los tratados de Físico-Historia— y se pusieron a imitar las modas y usanzas de los vencidos. Por Francia comenzó tal imitación, como adivinaréis.
Todo el mundo se dio a las elegancias opacas y silenciosas. Los tísicos eran muy solicitados en sociedad, y los moribundos decían frases excelentes. Hasta las señoras conversaban intrincadamente, y los reglamentos de policía y buen gobierno estaban escritos en estilo tan elaborado y sutil que eran incomprensibles de todo punto aun para los delincuentes más ilustrados.
Los literatos vivían en la séptima esfera de la insinuación vaga, de la imagen torturada. Anunciaron los críticos el retorno a Mallarmé, pero pronto salieron de su error. Pronto se dejó también de escribir porque la literatura no había sido sino una imperfección terrestre anterior a la conquista de la Luna.
FIN

La confesión - Manuel Peyrou

En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.
Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.
-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?
-Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.
FIN

viernes, 12 de enero de 2018

La condena de un hombre bueno - Bertolt Brecht

Escucha: sabemos que eres nuestro enemigo. Por eso ahora queremos mandarte al paredón. Pero en vista de tus méritos y buenas prendas, será un buen paredón, y te fusilaremos con buenas balas disparadas por buenos fusiles y te enterraremos con una buena pala y en tierra buena.
FIN

La ciencia de la pereza - Anónimo. Occidente

Para los turcos, Dios no nos ha impuesto castigo más brutal que el trabajo. Por esa razón, cuando su hijo cumplió 14 años, un viejo turco, buscó al profesor de la comarca para que se ejercitara en la pereza.
El profesor era conocido y respetado, pues en su vida solo había escogido la senda del menor esfuerzo. El viejo fue a visitarlo y lo encontró en el jardín, tendido sobre cojines, a la sombra de una higuera. Lo observó un poco antes de hablarle. Estaba quieto como un muerto, con los ojos cerrados, y solo cuando escuchaba el ¡chas! que anunciaba la caída de un higo maduro a poca distancia, estiraba lánguidamente el brazo para cogerlo, llevárselo a la boca y tragárselo.
“Este es, sin duda, el profesor que necesita mi hijo”, se dijo. Se acercó y le preguntó si estaba dispuesto a enseñarle a su hijo la ciencia de la pereza.
—Hombre —le dijo el profesor con un hilo de voz—, no hables tanto que me canso de escucharte. Si quieres transformar a tu hijo en un auténtico turco, mándamelo y basta.
El viejo llevó a su hijo, con un cojín de plumas debajo del brazo, y le dijo:
—Imita al profesor en todo lo que no hace.
El muchacho, que sentía especial inclinación por esa ciencia, vio que el profesor, cada vez que caía un higo, estiraba el brazo para recogerlo y engullirlo. “¿Por qué esa fatiga de estirar el brazo?”, pensó, y se mantuvo recostado con la boca abierta. Le cayó un higo en la boca y él, lentamente, lo mandó al fondo. Luego volvió a abrir la boca. Cayó otro higo, esta vez un poco más lejos; el discípulo no se movió, sino que dijo, muy despacito:
—¿Por qué tan lejos? ¡Higo, cáeme en la boca!
El profesor, al advertir la sapiencia de su discípulo, le dijo:
—Vuelve a casa, que aquí nada tienes que aprender. Soy yo, más bien, quien debe aprender de ti.
Y el hijo volvió con el padre, que dio gracias al cielo por haberle dado un vástago tan ingenioso.
FIN

La cautela - Slawomir Mrozek

Mi ansiedad iba creciendo a medida que me acercaba al lugar más tenebroso del bosque. Decían que allí acechaban los bandoleros.
Estaba a punto de dejar atrás aquel tramo tan peligroso, cuando tres individuos me cortaron el paso.
—¿Ustedes son bandoleros? —les pregunté.
—¿Nosotros? ¡Qué va! Somos guardabosques.
Respiré con alivio.
—Aunque, ahora que lo dice, rondan por aquí unos tipos extraños. ¿Por qué no nos deja en depósito el dinero en efectivo que lleva? Mejor no correr ningún riesgo.
Se los entregué todo y, libre de preocupaciones, seguí mi camino. Debo admitir que nadie me molestó: ¡ni rastro de bandoleros!
Pero yo soy una persona precavida.
FIN

La casa encantada - Anónimo.Occidente

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a una fiesta de fin de semana. De pronto, tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el auto. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
-Espéreme un momento -suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente.
Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamado.
-Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?
-Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la compre. ¡Un fantasma, hija mía, frecuenta esta casa!
-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es?

-Usted -dijo el anciano, y cerró suavemente la puerta.
FIN

La cabeza del perro - Arthur Conan Doyle

Estoy arrellanado en el sillón junto a la chimenea en que crepita el fuego. Tengo la copa de coñac en la mano derecha. Con la mano izquierda, caída descuidadamente, acaricio la cabeza de mi perro… hasta que descubro que no tengo perro.
FIN

Estampa - Julio Torri

El día fue caluroso. Se comienza a llenar de opalina sombra la hondonada, por cuyo fondo discurren ondas brillantes y tersas. Los árboles extienden espesas copas sobre la grama. En rústicos bancos están repartidas algunas parejas, las cabezas inclinadas, las caras graves y felices, perdidas las miradas en el tramonto. No se escuchan las palabras que murmuran los labios, pero se adivinan apasionadas y dulces, de las que levantan hondas resonancias en el espíritu. Ponen las girándulas su amarilla nota en el cielo verdemar, color de alma de Novalis. Los astros arden entre el follaje. Un niño juega con su perro. De las aguas asciende frescor perfumado que orea las frentes y extasía nuestros sentidos, penetrándolos con su caricia clara. Lucen al escondite las luciérnagas.
Fuera del cuadro un melancólico, la cara negra de sombra bajo el puntiagudo sombrerillo, herido de amorosas penas tasca desdenes y medita en insolubles enigmas. La tarde divina armoniza sus querellosas preocupaciones.
FIN

martes, 9 de enero de 2018

El rosal - Alfonsina Storni



La tarde susurraba como un labio en pasión. El sol, viejo ya, ponía sus besos laxos sobre mis dedos.
Dentro de mí jugueteaba el misterio. Fuera, a mi alrededor, jugueteaba el viento. A mis pies la tierra persistía en su función creadora. Y así fue como llegué al jardín de rosas.
Abiertas estaban como bocas de mujer; aterciopeladas como frase masculina; espinosas como sendas del amor.
—¿Qué hacéis, dulces amigas mías, madres de la miel? ¿Qué hacéis, esclavas de la tierra, preferidas del sol, amantes de las mariposas?
Y como no me respondieron me acerqué a un rosal buscando su secreto.
Erizó sus espinas por defender sus capullos y se movió al soplo del viento como diciendo: ¡no! ¡no!
Mas su perfume me había envuelto ya, se me entregaba.
Extendí una mano para cortar sus flores, pero llegó hasta ellas y las acarició suavemente. Extendí la otra, creyéndola más cruel, pero ambas se adormecieron sobre los capullos.
Poco a poco mis brazos rodearon al rosal y lo acercaron a mi rostro...El aroma de las rosas me sutilizaba el alma: las espinas me desgarraban la garganta.
Y como bajo la exaltación del espíritu y el dolor de mis heridas yo tuviera consciencia de la Eternidad, no supe distinguir si en tal momento me poseían el Amor o la Muerte.


                                                                 FIN

lunes, 8 de enero de 2018

Escondido - Yenitza Anseume



El hombre famoso, ya cansado de huir de los reporteros, decidió dejarse fotografiar en su rutina diaria. Así que se quitó el sombrero que siempre lo acompañaba y salió confiado en que lo abordarían como siempre en cada una de sus actividades. Para su sorpresa nadie lo persiguió ese día, ni durante toda la semana, ni en todo el mes. Entre tanto, el sombrero, rey de la fama, permanecía escondido colgado en el perchero. 
                                                            Fin

Cuarto oscuro - Fernando Iwasaki

Hace poco tuve una pesadilla terrible. Soñé que la madre Dolores me ponía unas cuentas larguísimas que nunca me salían. Sumaba una columna y me olvidaba cuánto llevaba, y tenía que empezar de nuevo y los ojos de la madre Dolores se ponían rojos como los de los monstruos de los dibujos. Como me puse a llorar, la madre me cogió de las orejas y con su carcajada de bruja me encerró en el cuarto oscuro hasta el día siguiente.
Mi esposa no me cree y quiere saber dónde estuve toda la noche.
                                                      Fin

Su amor no era sencillo - Mario Benedetti

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.
                                                           FIN

Stand by - Isabel Bono



Asimilo. Eso creo. Poco a poco voy asimilando mi vida, con una constante sensación de llevar varios años de retraso. Hoy, por ejemplo, se me cayó encima una conversación y un paseo en el que te hice unas fotografías. Una tarde de hace siete años, con el corazón en la garganta y las infinitas ganas de besarte.

Esta tarde, las bocinas de los coches suenan más de la cuenta porque todos tienen prisa o miedo. Cualquiera sabe. El aire caliente deslizaba las imágenes ante mis ojos. Eso es todo.

Hoy nadie podría hacer nada por mí.

Como si tuviese fiebre. Como si hubiera comido frutos envenenados. Tal vez sean las palabras, ya podridas, en el estómago.


Desde que no estás, Montero, siento a todas horas como si alguien hubiese metido mi corazón en aceite hirviendo.

FIN

Rechazo - Francesc Barberá

Todo empezó cuando me trasplantaron las dos manos. En tan solo dos semanas ya era capaz de escribir y manipular objetos casi con normalidad. Sin embargo, aquello no era lo más asombroso. Al poco tiempo descubrí que podía tocar el piano, a pesar de no haberlo hecho en mi vida. Luego me pasó lo mismo con los malabares y la papiroflexia. Incluso llegué a hacer algún truco de magia. Mi mujer y mis hijos están encantados con el cambio. Es más, ella se ha vuelto a enamorar de mí. Bueno, mejor dicho, de mis manos. Tanto es así́ que ahora ya no quiere besos, solo caricias. Además me exige a todas horas que le haga masajes. Qué manos tienes, me dice. Ella lo ignora, pero sueño con que todo vuelva a ser como antes. Hoy me ha pedido que recorte los setos del jardín. Al coger las tijeras de podar y comprobar lo afiladas que estaban, he sentido un cosquilleo por todo el cuerpo.

                                                                             FIN

Amores imposibles - Francesc Barberá

Hace algunos años ya, concretamente desde que se creó la compañía de circo, que el hombre elefante está perdida e irremediablemente enamorado, hasta las trancas diría yo, de la contorsionista. Ella, en cambio, se muere por los huesos de un señor muy recto, teniente coronel del Ejército del Aire, que solo tiene ojos para un policía antidisturbios, que, ironías de la vida, ha perdido la cabeza por una manifestante antisistema, roja, okupa, bisexual, atea y de Carabanchel, que no se atreve a confesarle su amor a un sacerdote, que a su vez ama en silencio a un monaguillo imberbe que se quedó prendado, vaya usted a saber por qué, de la mujer barbuda, con la que no tiene absolutamente nada que hacer porque hace algunos años ya, concretamente desde que se creó la compañía de circo, que está perdida e irremediablemente enamorada, hasta las trancas diría yo, del hombre elefante.

                                                                          FIN

La maqueta - Francesc Barberá

Papá lleva veinte años construyendo una maqueta. Su obsesión ha llegado a tal límite que reproduce fielmente cada detalle de la ciudad. Si el vecino decide pintar la fachada de su casa de otro color, papá corre a la tienda a comprar el mismo tono de pintura. Mamá está harta. Ayer se fue de casa. Después de buscarla durante todo el día, al final la encontramos en la estación. A través de la lupa pudimos ver cómo se despedía de nosotros mientras subía las maletas al tren.

                                                                      FIN

Noche en el museo - Francecs Barberá

El grito de Munch alerta al vigilante del museo: el bodegón de Cézanne ha desaparecido. La Mona Lisa sonríe de forma enigmática, centrando las primeras sospechas. La maja desnuda, en cambio, parece no ocultar nada. Vulcano, despechado, acusa a la Venus de Botticelli, que a su vez señala al caballero, que, con la mano en el pecho, jura y perjura que es inocente. El pensador, taciturno, contempla la noche estrellada en busca de alguna pista. Ajenas a lo sucedido, las hilanderas continúan tejiendo al compás del tictac de los relojes blandos. Entretanto, Saturno disimula mientras sigue devorando a su hijo.

Recomendación para ser alcanzado por un rayo - Francesc Barberá

Si la tormenta le sorprende bañándose en una piscina, río o playa, permanezca en el agua: el cuerpo mojado es buen conductor de la electricidad. Si se encuentra en la montaña, diríjase a la cima más alta. Refúgiese debajo de los árboles, sobre todo si están aislados. Acérquese a alambradas, verjas y cualquier tipo de objetos metálicos. Utilice su teléfono móvil. Si además realiza una llamada, la probabilidad de ser alcanzado por un rayo se multiplica. Con suerte, ella responda y pueda decirle, un instante antes de recibir el impacto, que aún la ama.
                                                          FIN

domingo, 7 de enero de 2018

¿Dónde está el décimo hombre? - Anónimo. India

Eran diez amigos. Todos ellos eran muy ignorantes. Decidieron ponerse de acuerdo para hacer una excursión.
Querían divertirse un poco y pasar un buen día en el campo. Prepararon algunos alimentos, se reunieron a la salida del pueblo al amanecer y emprendieron la excursión. Iban caminando alegremente por los campos charlando sin cesar entre grandes carcajadas. Llegaron frente a un río y, para cruzarlo, cogieron una barcaza que había atada a un árbol. Se sentían muy contentos, bromeando y chapoteando en las aguas. Llegaron a la orilla opuesta y descendieron de la barcaza.
¡Estaba siendo un día estupendo! Ya en tierra, se contaron y descubrieron que solamente eran nueve. Pero, ¿dónde estaba el décimo de ellos? Empezaron a buscar al décimo hombre. No lo encontraban. Comenzaron a preocuparse y a lamentar su pérdida. ¿Se habrá ahogado? ¿Qué habrá sido de él? Trataron de serenarse y volvieron a contarse. Sólo contaban nueve. La situación era angustiosa. Uno de ellos se había extraviado definitivamente.
Comenzaron a gimotear y a quejarse.
Entonces pasó por allí un vagabundo.
Vio a los hombres que otra vez se estaban contando. El vagabundo descubrió enseguida lo que estaba pasando.
Resulta que cada hombre olvidaba contarse a sí mismo. Entonces les fue propinando una bofetada a cada uno de ellos y les instó a que se contaran de nuevo. Fue en ese instante cuando contaron diez y se sintieron muy satisfechos y alegres.
FIN

La búsqueda - Costas Axelos

Un hombre erró por el mundo durante toda su vida a la búsqueda de la piedra -filosofal- que convertiría en oro al metal más vulgar. Erraba por montes y valles, vestido con un sayal atado a su cuerpo por medio de un cinturón con una hebilla metálica. Cada vez que le parecía que una piedra podía ser la piedra, la frotaba contra su hebilla y se veía obligado a tirarla.
Una tarde en que estaba muy fatigado, llegó a la casucha de una anciana campesina y le pidió de comer y de beber. La vieja lo interrogó, y después de haber escuchado en silencio, se fijó en su hebilla y dijo:
—Pobre hombre, has tirado la piedra preciosa, ¿no te has dado cuenta de que tu hebilla ya se ha convertido en oro?
FIN

La bella durmiente del bosque y el príncipe - Marco Denevi

La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al príncipe. Y cuando lo oye acercarse, simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho, pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.
FIN

La balada de las hojas más altas - Julio Torri

Nos mecemos suavemente en lo alto de los tilos de la carretera blanca. Nos mecemos levemente por sobre la caravana de los que parten y los que retornan. Unos van riendo y festejando, otros caminan en silencio. Peregrinos y mercaderes, juglares y leprosos, judíos y hombres de guerra: pasan con premura y hasta nosotros llega a veces su canción.
Hablan de sus cuitas de todos los días, y sus cuitas podrían acabarse con solo un puñado de doblones o un milagro de Nuestra Señora de Rocamador. No son bellas sus desventuras. Nada saben, los afanosos, de las matinales sinfonías en rosa y perla; del sedante añil de cielo, en el mediodía; de las tonalidades sorprendentes de las puestas del sol, cuando los lujuriosos carmesíes y los cinabrios opulentos se disuelven en cobaltos desvaídos y en el verde ultraterrestre en que se hastían los monstruos marinos de Böcklin.
En la región superior, por sobre sus trabajos y anhelos, el viento de la tarde nos mece levemente.
FIN

La Atlántida - Juan Rodolfo Wilcock

Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual reelevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: “Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes”.
Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: “Valor, excelencia, lo peor ya pasó”.
FIN

La aniquilación de los ogros - Anónimo. India

La vida de una tribu entera de ogros puede estar concentrada en dos abejas. El secreto, sin embargo, fue revelado por un ogro a una princesa cautiva, que fingía temer que éste no fuera inmortal. Los ogros no morimos, dijo el ogro para tranquilizarla. No somos inmortales, pero nuestra muerte depende de un secreto que ningún ser humano adivinará. Te lo revelaré, para que no sufras. Mira ese estanque: en su mayor profundidad, en el centro, hay un pilar de cristal, en cuya cima, bajo el agua, reposan dos abejas. Si un hombre puede sumergirse en las aguas y volver a la tierra con las abejas y darles libertad, todos los ogros moriremos. ¿Pero quién adivinará este secreto? No te apesadumbres; puedes considerarme inmortal.
La princesa reveló el secreto al héroe. Éste libertó las abejas y todos los ogros murieron, cada uno en su palacio.
FIN

La advertencia - Anónimo. India



El gurú y el discípulo estaban departiendo sobre cuestiones místicas. El maestro concluyó con la entrevista diciéndole:
-Todo lo que existe es Dios.
El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal gritó avisando:
-¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar!
Pero el discípulo, inmutable, se dijo: “Yo soy Dios y el elefante es Dios, así que ¿cómo puede tener miedo Dios de sí mismo?”
Razonando de este modo evitó apartarse. El elefante llegó hasta él, lo agarró con la trompa y lo lanzó al tejado de una casa, rompiéndole varios huesos.
Semanas después, repuesto de sus heridas, el discípulo acudió al mentor y se lamentó de lo sucedido. El gurú replicó:
-De acuerdo, tú eres Dios y el elefante es Dios. Pero Dios, en la forma del muchacho que conducía el elefante, te avisó para que dejaras el paso libre. ¿Por qué no hiciste caso de la advertencia de Dios?
FIN

sábado, 6 de enero de 2018

Herencia - Paz Monserrat Revillo

Antes de ponerse el pendiente frotó el metal que rodeaba el zafiro con un bastoncito impregnado en líquido para limpiar plata. Cientos de estratos de tiempo levantaron el vuelo dejando la superficie luminosa y desnuda. Se acercó, curiosa, y la joya le devolvió el rostro adolescente de su abuela probándose el pendiente ante un espejo.

Cubo y pala - Carmela Greciet

Con los soles de finales de marzo mamá se animó a bajar de los altillos las maletas con ropa de verano. Sacó camisetas, gorras, shorts, sandalias..., y aferrado a su cubo y su pala, también sacó a mi hermano pequeño, Jaime, que se nos había olvidado.
Llovió todo abril y todo mayo.

La Clepsidra - Javier Puche

Perseguido por tres libélulas gigantes, el cíclope alcanzó el centro del laberinto, donde había una clepsidra. Tan sediento estaba que sumergió irreflexivamente su cabeza en las aguas de aquel reloj milenario. Y bebió sin mesura ni placer. Al apurar la última gota, el tiempo se detuvo para siempre.

(Sin título) - Gabriel Jiménez Eman

Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.

viernes, 5 de enero de 2018

La actitud interior - Anónimo. India

Eran dos grandes amigos. Trabajaban en un pueblo y decidieron ir a pasar unos días a la ciudad. Comenzaron a caminar y en una gran calle vieron un burdel que estaba frente a frente con un santuario. Uno de los amigos decidió pasar unas horas en el burdel, bebiendo y disfrutando de las bellas prostitutas, en tanto que el otro optó por pasar ese tiempo en el santuario, escuchando a un maestro que hablaba sobre la conquista interior.
Pasaron unos minutos, y entonces el amigo que estaba en el burdel comenzó a lamentar no estar escuchando al maestro en el santuario, en tanto que el otro amigo, por el contrario, en lugar de estar atento a las enseñanzas que estaba oyendo, estaba soñando con el burdel y reprochándose a sí mismo lo necio que había sido por no elegir la diversión. De este modo, el hombre que estaba en el burdel obtuvo los mismos méritos que si hubiera estado en el santuario, y el que estaba en el santuario acumuló tantos deméritos como si hubiera estado en el burdel.
FIN

Juez juzgado - Anónimo. Mundo árabe

Una noche, mientras daba un paseo, Nasrudín tropezó con un hombre bebido, tumbado en la hierba. Al ponerlo boca arriba, reconoció al juez, hombre famoso por pronunciar duras sentencias por las faltas morales. Nasrudín le quitó sus elegantes babuchas y el manto y siguió su camino.
Al día siguiente, cuando el juez volvió a su casa dando traspiés, se dio cuenta de que le habían robado. Lívido, dijo a la policía que buscarán en cada casa hasta encontrar al culpable. No pasó mucho tiempo antes de que Nasrudín fuera llevado al tribunal.
—¿Dónde conseguiste esas babuchas y ese manto? —preguntó el juez.
—Se los cogí a un borracho que encontré tumbado en la cuneta la noche pasada —contestó el mulá—. Desde entonces estoy tratando de devolvérselos, pero no conozco su identidad. ¿No lo conocerá su señoría por casualidad?
—¡Por supuesto que no! —replicó el juez—. ¡Caso archivado!
FIN

miércoles, 3 de enero de 2018

Jasón - Enrique Anderson Imbert

Odiseo fue el primero en contarlo, pero la verdad es que, antes de conocer a Odiseo, ya Circe había avisado a Jasón que tuviese cuidado al pasar por la isla de las sirenas: con sus cantos lo harían arrojarse al mar, a menos —le dijo— que se tapara con cera los oídos u ordenase a los argonautas que lo ataran al mástil. Jasón no quiso cuidarse. Las sirenas, al verlo tan jactancioso, no le cantaron, y así, cruelmente, lo dejaron sin nada que decir.
FIN

Jáliz - Anónimo. Mundo árabe.

En una reunión de jefes religiosos, los reverendos se complacían haciendo alarde de su conocimiento del Islam. Uno especulaba sobre el color del caballo del Profeta; otro, sobre la comida favorita de los ángeles; un tercero dio una información sumamente prolija de la creación del mundo; y, un cuarto, una descripción detallada del cielo. Finalmente, Nasrudín no pudo aguantar tanta presunción.
—Jaliz —tronó, para gran asombro de los jefes espirituales.
—¿Eso es un nombre? —preguntó uno.
—Por supuesto —exclamó—. Me sorprende que lo tengas que preguntar. Ese era el nombre del águila que se abalanzó sobre Moisés, llevándoselo.
—Pero ningún documento dice que Moisés fuera llevado por un águila —clamaron los reunidos.
—Entonces, Jaliz es el nombre del águila que se abalanzó sobre Moisés y no se lo llevó —dijo Nasrudín, con mirada altanera.
FIN

Isis y los siete escorpiones - Anónimo.

El malvado dios Seth desconocía que Osiris e Isis tuvieron un hijo llamado Horus. Isis y Horus se escondían cuando Seth los encontró y los encerró.
Cuando caía la tarde y con la ayuda de Thot, dios de la justicia y la verdad en la tierra y el cielo, escaparon de su prisión. Durante su viaje envió siete escorpiones mágicos para guiarles y protegerles.
Tras un largo viaje por la Tierra de Egipto, llegaron a Per-Sui, ciudad donde se venera al cocodrilo. Isis y su hijo llegaron muy fatigados y con ganas de descansar. Vieron una casa cercana a las marismas donde, en la puerta, se encontraba una mujer muy rica llamada Usert. Pero al ver los siete escorpiones que los acompañaban, se negó a ayudarlos y les cerró la puerta de su casa, aunque al final encontraron donde descansar, pues una mujer pobre los albergó amablemente en su casa.
Los escorpiones, a pesar de todo, estaban muy enfadados por la actitud de la mujer rica, y decidieron darle una lección por su falta de caridad. Le dieron todo su veneno a su jefe, Tefen, quien entró en la casa de la mujer rica y de este modo picó a su hijo que estaba durmiendo. La mujer comenzó a llorar pidiendo ayuda, pero nadie acudía a socorrerla. Sin embargo, la diosa Isis salió corriendo a ayudarla. Cogió en brazos a su niño y ordenó al veneno mortal mediante sus palabras que saliera de su pequeño cuerpo, y de este modo se salvó de la muerte.
La mujer de nombre Usert se dio cuenta de que Isis, la Señora de la Magia, a quien antes sin consideración ninguna había negado hospedar, había salvado la vida de su hijo. Sentía tales remordimientos que ofreció toda su fortuna a Isis y a la mujer pobre de las marismas que ofreció su casa sin temor alguno.
FIN

Invocación para desorejarse - José Lezama Lima

Para que el sombrero pudiese penetrar en mi testa, decidieron cortarme las dos orejas. Admiré sus deseos de exquisita simetría, que hizo que desde el principio su decisión fue de cortarme las dos orejas. Me sorprendió que tan lejos como era posible de un hospital, me fueran arrancadas con un bisturí que convertía al rasgar la carne en seda. Una urgencia como si alguien estuviese esperando en compraventa mis dos orejas. No hubo ninguna deliberación, pero comprendí que habían decidido que no se las llevaran. En sentido inverso, teniendo una en cada mano, las frotaron una sola vez contra el mármol de la repisa. Entró la patrona cantando y oprimió un limón contra la mancha que había quedado en la repisa. Pensé que se desprendería un humo o que se avivaría la mancha. Pensé, pero, cuando me asomé cuidadosamente, todo estaba igual, salvo el gesto de la patrona de encajarse en aquella situación cantando. Días después vi que arrojaba las gotas de limón en la parte de la repisa que no estaba manchada. Luego, tendría que repetirse la ceremonia o mi sacrificio estaba fuera de lugar, y no era a mí a quien deberían haber arrancado las dos orejas. 
Sentí que era llamado para la otra ceremonia: dejarse injertar unas bolas azafranadas en el hueco dejado por las orejas. Unos mozalbetes, tal vez soldados vestidos de paisano, colocaban las borlas en unas grietas abiertas en las paredes. No sé si  era un aprendizaje o un hecho que se aclararía después. Mientras yo esperaba la ceremonia y los soldados continuaban martillando, la patrona volvió a penetrar, ahora no cantaba, sino recogió una gran cantidad de almejas ya vaciadas que estaban por el suelo. Las hacía caer en su falda como si fueran flores. Luego, la noche anterior habían estado comiendo allí, antes de yo llegar, cuando aún tenía mis dos orejas. Me van pasando las borlas azafranadas de una a otra oreja, y la patrona me mira despacio, me recorre, me humedece. «Mañana, dice, volveré a recoger más almejas, traeré la canasta». «Mire, me dijo, si puedo hacerlo, como está tendido mi delantal, tengo las uñas como comidas en una pesadilla, pero eso sí lo he dejado como la nieve». «Todo lo que sale de esta casa, me dice con malicia, sale bien hecho». Claro, mis dos orejas han sido cortadas, me cuelgan dos borlas azafranadas, y cuando me asomo veo un delantal inmensamente blanco, no se mueve, y por la tarde guardo caparazones vacíos de almejas. Otro delantal, otro delantal, delantales, otro delantal, otro delantal.
FIN

Intromisión - Fernando Pessoa

Me asomo, desde una de las ventanas de la oficina abandonada al mediodía, a la calle en la que mi distracción siente movimientos de gente en los ojos, y no los ve, desde la distancia de mi meditación. Los pormenores de la calle sin animación por la que muchos andan se me destacan en un alejamiento mental: los cajones apiñados en el carro, los sacos a la puerta del almacén del otro y, en el escaparate distante de la tienda de ultramarinos de la esquina, el vislumbre de las botellas de ese vino de Oporto que sueño que nadie puede comprar. La gente que pasa por la calle es siempre la misma que ha pasado hace poco, es siempre el aspecto fluctuante de alguien, manchas sin movimiento, voces de incertidumbre, cosas que pasan y no llegan a suceder.
Y, de repente, suena, detrás de mí, en la oficina, la llamada metafísicamente abrupta del mozo. Siento que podría matarlo por haber interrumpido lo que no estaba pensando. Le miro, volviéndome, con un silencio lleno de odio, escucho anticipadamente —con una tensión de homicidio latente— la voz que va a gastar para decirme alguna cosa. Se sonríe desde el fondo de la casa y me da las buenas tardes en voz alta. Le odio como al universo.
FIN

lunes, 1 de enero de 2018

La venganza del mago - Patricia Richmond

Le dolían los huesos. Era lo único en lo que podía pensar y le impedía concentrarse como antes, cuando triunfaba con sus trucos de magia en los teatros detodo el país. A pesar de sus éxitos, tenía que seguir trabajando, aunque ya tenía edad para retirarse. Porque vivió siempre el momento, sin preocuparse por el mañana, y ahora pagaba las consecuencias teniendo que actuar en ese infame local para subsistir.Cada noche realizaba su representación durante el descanso de la función decabaret. Podía soportar las risas cuando los trucos fallaban; pero no podía perdonar las burlas del pianista, que le reventaba los números con sus melodíassatíricas en los momentos cruciales.No lo aguantaba más. Había estado practicando el truco toda la semana, memo-rizando cada paso y nada podía fallar. Llegó el descanso y subió al escenario.“Esta noche necesito la colaboración de nuestro simpático pianista”, comunicóal público, a lo que él se prestó divertido. Rápidamente lo cubrió con una tela negra, recitó unas palabras mágicas y, al retirarla, obtuvo la mayor ovación desu vida.Frente al teatro, los bomberos bajaron al pianista del árbol; desenganchar elpiano de las ramas fue más difícil.

                                                                          FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

En el lugar de las serpientes - Rocío Coronas

En algún lugar, de algún país, en algún momento, existió la tierra de las serpi-entes. Eran todas de grande y alargada figura, de espléndidas ganas de cantar y  bailar. Se arrastraban y gritaban. Todas de brillantes colores. Por las noches sedistinguían unas de otras. Iban y venían de entre los árboles. Iban y venían deentre la tierra. Todas gustaban de la música. Por las tardes se reunían en elárbol más grande a tocar el piano. Por las madrugadas cambiaban de piel. Y porlas mañanas morían de ganas por tener dedos y pies.

                                                                             FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)


Enseres - Sergio F. S. Sixtos

El microondas golpeaba al tostador y la licuadora intervino en la pelea —sentímiedo y salí corriendo de la cocina—, en la sala la lámpara de pie arremetía contra el tocadiscos que en ese instante reproducía un disco de jazz; entonces la pianola —cual rinoceronte enfurecido— se abalanzó sobre mí, la esquivé de mila-gro y se estrelló contra el ventanal cayendo hacía la calle. Es todo lo que tengoque decir señor Juez.

                                                                        FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

Amigo - Eduardo Adams

Cuando Manolo tenía clases de piano en su casa, yo lo espiaba. Me asomaba unpoco a la ventana y me quedaba quieto. Luego íbamos al parque, jugábamospelota, trepábamos árboles, cazábamos extraterrestres. Yo lo miraba. Todos los días. Cuando soñaba, también. En la escuela alguiensupo, adivinó, y Manolo no jugó más conmigo.Un día volví al parque y escalé el árbol más difícil. Pero también hice otra cosa. Y me dolió mucho el cuello. Y no podía respirar. Sólo podía ver mis piernas y,mucho más abajo, el suelo del parque, y cuando miré bien había baldosas, y merodeaban muebles y paredes con cuadros. Era la casa de Manolo.Caminé por todos lados haciendo mucha bulla porque ahora era grande y pesado. Estaba muy feliz, aunque no veía el piano por ninguna parte. Manolo vino de la escuela y corrí a abrazarlo. Mi cuerpo sonó desafinado, como truenos.Manolo se asustó y me pegó, y la trompada se escuchó en toda la casa. Me fijé y donde había sentido el golpe se había posado un pájaro, y de nuevo no puderespirar. Entonces esperé a que el ruido acabara, a que mi cuerpo callara poco a poco.

                                                                           FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)