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Bienvenidos... Recomendación de esta semana Los esclavos, de Jacques Sternberg

miércoles, 17 de enero de 2018

La princesa y el dragón - Triunfo Arciénagas

Murieron trescientos hombres y otros tantos aún no se recuperan de las quemaduras. No le dieron muerte al dragón pero rescataron con vida a la princesa. No ha servido de nada. La muchachita escapó del castillo esta mañana.

                                                                     FIN

Una pasión en el desierto - José de la Colina

El extenuado y sediento viajero perdido en el desierto vio que la hermosa mujer del oasis venía hacia él cargando un ánfora en la que el agua danzaba al ritmo de las caderas.
—¡Por Alá —gritó—, dime que esto no es un espejismo!
—No —respondió la mujer, sonriendo—. El espejismo eres tú.
Y, en un parpadeo de la mujer, el hombre desapareció.

                                                                          FIN

La liebre y la tortuga - José de la Colina

Jadeante hasta la agonía y poco antes de desplomarse al suelo, la Liebre le preguntó a la Tortuga:

— ¿Cómo es posible? ¿Tú? ¿Tú ganarme la carrera?

Y la Tortuga, mirándose las uñas, susurró:

— Lo siento, pero olvidé decirte que mi otro nombre es Muerte.

                                                                           FIN

Etcétera - José de la Colina

El actor, advirtiendo que su nombre se omitía en la crónica periodística del estreno, en la que sólo se decía: “Cumplieron bien con sus personajes los experimentados Fulano, Zutana, etcétera”, miró el etcétera con una lupa y descubrió levemente aliviado que, en fin, bueno, sí: allí, aunque algo apretujado, estaba él.

                                                                    FIN

Caperucita y el lobo - Jairo Aníbal Niño

El lobo entre los vapores de la borrachera mostró la larga cicatriz de su vientre y con voz aguardientosa dijo: Mi pena me ha lanzado a la pernicia y al vino. Mi desgracia es inmensa. Pero, ¿quién iba a malicia de la abuela? ¿Quién iba a pensar que en el sorbete de curuba hubiera echado un menjurje que me quitó las fuerzas? Impotente, sin poderme mover, vi cuando el cazador me abrió el vientre y sacó a Caperucita Roja a viva fuerza porque ella no quería salir, no quería abandonar me y se agarraba con sus manos de alabastro a mis entrañas y sin poder ayudarla di cuando se la llevaron a los empellones mientras ella lloraba de tristeza. Después me enteré de que la habían mandado muy lejos, a otra historia. Por eso, el nido que ella me dejó por dentro lo estoy llenando con vino.

                                                                       FIN 

Blasfemia - Jairo Aníbal Niño

Y Dios, desde la mata de su solitud, de las distancias y del tiempo, había emprendido la búsqueda. Como un aire de luz se desplazaba por el espacio infinito.

Se había posado en planetas de piel de niebla, en estrellas de entrañas irisadas, había viajado cubierto por el polvo de un sol moribundo, se había metido en interminables ojos estelares, y había llegado a galaxias llenas de un silencio blanco y duro.

Fatigado, descendió un día en un planeta calafateado por nieves eternas. Se dejó caer junto a una montaña gemidora y mirando hacia el espacio, hacia un solecito tibio y unos astros diminutos que lo acompañaban, decidió suspender la búsqueda, regresar a su estrella apagada, y el paroxismo de su soledad y desesperación, la blasfemia estalló en sus labios cuando dijo:

—He sido un iluso; el hombre no existe.

Decisión - Vivian Gornick

En 1907 Edmund Gosse pensó que tenía que dejar a su padre para convertirse en él mismo; setenta años después Geoffrey Wolff sabe que no puede hacerlo porque se ha convertido en su propio padre.

                                                                          FIN




El ahogado que nos traía caracoles - Gabriel García Márquez

Soñé con escribir un cuento del cual sólo tenía el título: El ahogado que nos traía caracoles. Recuerdo que se lo dije a Alvaro Cepeda Sumudio en una fragosa noche de la casa de amores de Pilar Ternera, y él me dijo: "Ese título es tan bueno que ya ni siquiera hay que escribir el cuento".

                                                                         FIN

El hombre - Gabriel García Márquez

El hombre había llegado caminando a un pueblo de artesanos y había preguntado por alguien a un hombre que laboraba con un tractor. Sin remedio: el tractor no volvió a funcionar. Lo mismo ocurrió a la máquina de coser de la costurera a quien hizo la misma pregunta poco después, y a todas las máquinas de oficios diversos con cuyos propietarios tuvo algo que ver. Hice muchas versiones antes de que el ángel de la guarda, que tan mal se ocupa de los escritores tercos, me convenció de que no insistiera más, por la razón más simple del mundo: era un cuento muy malo.

                                                                        FIN

El remordimiento - Jairo Aníbal Niño

Nadie supo jamás que Noé buscó desesperadamente el olvido en la borrachera del vino, porque el día gris en que el hambre y la desesperación empaparon al arca, él, en lo más oscuro de la bodega, había devorado la pareja de animales refulgentes de corazón dorado, capaces de cantar y con la facultad para contar historias por medio del baile. Eran los dos animales más bellos del mundo.

                                                                       FIN

El águila y los gallos - Esopo

Dos gallos reñían por la preferencia de las gallinas, hasta que al fin uno puso en fuga al otro.

El perdedor, resignado, se refugió en un matorral, dispuesto a pasar allí el resto de sus días. En cambio, muy ufano, el vencedor se subió a una tapia alta y se dedicó a cantar con gran estruendo. Mas no tardó un águila en caerle y raptarlo. 

Entonces el gallo que había perdido la riña se quedó con todo el gallinero.
              
                                                                   FIN

El león enamorado - Esopo

Un león, enamorado de la hija de un labrador, la pidió por esposa. El labrador, que no se atrevía a entregar a su hija a una fiera, ni tampoco podía negarse por el miedo que le tenía, se le ocurrió lo siguiente: como el león lo apremiaba continuamente, le dijo que lo consideraba digno de desposar a su hija, pero que no se la podía dar a menos que se dejara arrancar los dientes y cortar las uñas, porque esto es lo que le daba terror a la muchacha. El león, por amor, se dejó hacer las dos cosas, entonces el labrador, perdido todo el respeto hacia él, en cuanto se presentó lo echó a palos.

                                                                    FIN

El águila, el cuervo y el pastor - Esopo

Un águila se lanzó desde la cima de la montaña y atrapó un corderito.
Un cuervo, tratando de imitar al águila, se lanzó sobre un carnero, pero con tan mal conocimiento en el arte que sus garras se enredaron en la lana, y no logró soltarse. 
Viendo el pastor lo que sucedía, cogió al cuervo, le recortó las puntas de sus alas y se lo llevó a sus niños.
Le preguntaron sus hijos acerca de que clase de ave era aquella, y les dijo:

- Para mí, sólo es un cuervo, pero él se cree águila.

                                                                         FIN

Ícaro - Elmo Valencia

Ícaro comenzó a prepararse para la grande aventura. Cuando llegó el momento culminante levantó vuelo y comenzó a sondear el Universo de Cielo. Recorrió su cintura; bajó varias veces por los muslos hasta el límite de los pies; estudió con detenimiento el corazón, pues le mortificaba saber que ese órgano tan lleno de bondad y sabiduría fuera tan falsamente comprendido; atravesó la vía láctea de sus senos dejando en su pecho un resplandor de luz anaranjada. Se internó por la garganta y conoció la andrómeda de sus labios; subió hasta los dos astros de sus ojos, y allí por primera vez Cielo e Ícaro se miraron mutuamente. Le dio varias vueltas al planeta del cerebro, avanzó tal vez buscando el milagro de la vida por entre los brillantes tejidos de la carne, se cercioró de la blancura de los huesos y, finalmente, embriagado de tanta belleza, cayó en el torrente circulatorio de Cielo y allí entre la espuma del tiempo y de la sangre, quedó girando y girando hasta que Ícaro se agotó como un meteoro.

                                                                        FIN

Amantes - Francisco Rodríguez Criado

Imposible ignorar la identidad de aquella mujer recostada sobre su pecho. Era su esposa, la madre de sus hijos, quién si no. Pero había regresado del sueño con tantos deseos de dar y recibir, que sucumbió a la fantasía más infame: pensó que era una desconocida y la estrechó cariñosamente entre sus brazos. Ella, envuelta aún en la resaca del sueño, no pudo sospechar que aquellos brazos dulces pertenecían a su marido. Nunca antes, reflexionaron cuando todo hubo acabado, habían sido tan infieles el uno al otro. El llanto de un niño, procedente de una de las habitaciones contiguas, no hizo sino agravar ese sentimiento. Y no por amor sino para repartirse la losa de la culpa, volvieron a abrazarse.

                                                                         FIN

La zorra y los racimos de uvas - Esopo

Una zorra hambrienta vio, colgados de una parra, unos deliciosos racimos de uvas.
Saltó varias veces y no pudo alcanzarlos. Al fin, se alejó diciéndose:

-Ni siquiera me agradan, están tan verdes.

                                                             FIN

La zorra y el leñador - Esopo

Una zorra, perseguida por los cazadores, llegó a la casa de un leñador y le suplicó que la escondiera. El hombre la dejó entrar.
Casi de inmediato llegaron los cazadores y le preguntaron si había visto a la zorra.
El leñador les dijo que no, pero con su mano disimuladamente señaló el rincón de la casa donde se había escondido.
Los cazadores no comprendieron la seña y se confiaron únicamente en la palabra.
La zorra, al verlos marcharse, salió sin decir nada.
-¿No me das las gracias por haberte salvado? -le reprochó el leñador.
Y la zorra respondió:
-Te hubiera dado las gracias si tus manos y tu boca hubieran dicho lo mismo.

                                                                    FIN

La zorra y el espino - Esopo

Una zorra que saltaba sobre unos montículos estuvo de pronto a punto de caerse. Se agarró a un espino para evitar la caída, pero sus púas le hirieron las patas.


-Acudí a ti por tu ayuda, y más bien me has herido -dijo, adolorida.

- Tu tienes la culpa por agarrarte a mí -respondió el espino-. Hiero a todo el mundo y tú no eres la excepción.

                                                                       FIN

El zopilote - Joaquin Filio

A la hora de comer, mientras cuchareamos la sopa, sus ojos nos contemplan hambrientos y aunque mamá agregue pimienta, limón o salsa, el plato que le fue servido permanece intacto.

                                                                           FIN

Una carrera - Aura García Junco

Iba corriendo con las manos llenas de letras; el cuerpo empapado de mil historias. El aliento era cada vez más veloz y desesperado y en el paso pesado tiraba palabras escurridizas. Cada vez más el camino que andaba se oscurecía de monosílabos, consonantes sordas, palabras surgidas del azar. Para cuando llegó, las manos estaban casi vacías y su cuerpo impregnado de sudor. Las suaves historias palpitaban en su pecho, revueltas entre sí de tantas y de agitación.
No llores, le dijo. Pon las pocas letras que quedan en la mesa, ya las cenaremos en un rato

                                                                        FIN

Alado - Aura García Junco

Piensas que puedes abrir las alas y volar al mundo. Piensas que puedes huir, huir lejos. Piensas, también, que el mundo es tuyo porque eres sabio, que eres un rebelde, un forajido. Al diablo, partamos. Te decides a emprender el camino difícil. Al salir, todo te parece posible; es más, parece que la libertad es aquello para lo que naciste. Te llenas los pulmones de aire de un respiro y ríes. Te hiperventilas de tanto espacio y luz. Y entonces, caes, de golpe, al suelo. O mejor, al mar.

                                                                        FIN

Solo el azar logra el crimen perfecto - Vladimir Nabokov

Madame Lacour fue asesinada en Arles, al sur de Francia, a fines del siglo pasado. Un hombre desconocido con barba, que, según se conjeturó después, podría haber sido un amante secreto de la dama, se dirigió a ella en una calle atestada de gente, al poco tiempo de su casamiento con el coronel Lacour, y le dio tres puñaladas mortales en la espalda; mientras tanto, el coronel, una especie de pequeño bulldog, se colgaba del brazo del asesino. Por una coincidencia milagrosa, en el instante mismo en que el asesino se libraba de las mandíbulas del enfurecido esposo (mientras varios curiosos cerraban círculo en torno al grupo), a un italiano medio chiflado, que vivía en la casa más cercana al lugar donde se desarrollaba la escena, le estalló accidentalmente una bomba que estaba preparando, y al instante la calle se convirtió en un pandemónium de humo, ladrillos que volaban y gente que corría. La explosión no hirió a nadie (aunque puso fuera de combate al coronel Lacour), y el vengativo amante de la dama huyó entre la multitud, y vivió tranquilamente el resto de sus días.

                                                                    FIN

Berta y los jorobados - Isaac Bashevis Singer

Nunca paseé con Berta en la calle. Le dictaba las clases en casa de una amiga de ella que era jorobada. Precisamente por ser jorobada no me intimidaba. Si todo el pueblo fuera de jorobados, me habría atrevido a pasear con Berta por la plaza. Pero, ¿cómo se consigue todo un pueblo de jorobados?

                                                                          FIN

Un héroe - Isaac Bashevis Singer

Caminé por mucho tiempo hasta llegar a un parque. Me senté en una banca totalmente anonadado por lo que me había sucedido. De hecho, ya no quería regresar a casa. Un hombre que va al baño y se pierde queda convertido en un ridículo. Se me ocurrió que era mejor desaparecer bajo extrañas circunstancias, y ese fue mi deseo: desaparecer como una piedra en un lago. Es mejor ser un héroe en una tragedia que un tonto en una comedia.
        
                                                                        FIN

El abuelo - Anónimo

Cuando mi abuelo tenía 70 años, el médico le recomendó que caminara 10 km diarios. Ahora tiene 80 años y no sabemos dónde está.

                                                                       FIN

Tomado de http://eltriunfoarciniegas.blogspot.com.ar/

Carrera - Jaime Fernández

Corro frenético por la calle hasta alcanzar el umbral; entro y tranco la puerta. Le he ganado la carrera a la parca. Abrazo a mi madre, quien me besa feliz y me estrecha entre sus brazos.
-No temas, hijo, ella nunca te va a alcanzar -me dice, con la ternura de siempre. Igual que cuando vivía en este mundo.

                                                                              FIN

Exposición - Jaime Fernández

Veo al hombre en la sala. Se aproxima, me observa con atención, intenta tocarme; hunde su dedo índice sobre el lienzo y alcanza mi rostro.

De nuevo la sala queda vacía.

                                                                       FIN

Una dentellada - Jaime Fernández

Agazapado entre los arbustos del parque el hombre siente, como una dentellada en su vientre, el abrazo y el beso clandestinos entre su mujer y el joven amante.

Más tarde, los tres cuerpos yacen sobre la piel húmeda del césped -en medio del ulular de sirenas-, y, sin saberlo, posan para la foto del diario amarillo de mañana.

                                                                   FIN

Un compositor - Roberto Abad

Hace cientos de años un compositor quedó atrapado en su obra cumbre: un lugar frío y aparentemente sin ventanas. Ahora que el lector ha llegado hasta aquí, después de mucho, el hombre redescubre la luz, la salida. No sabe cómo actuar, ha pasado tanto tiempo. Quiere decir gracias, pero no se atreve. Opta, finalmente, por irse al rincón, ya no le importa salir. A su edad, en lo único que piensa es en su muerte, que sucederá cuando el lector cambie de página.

                                                                               FIN

Lobos - Mátija Béckovic

Según una historia famosa del lejano norte, los cazadores de lobos mojan en sangre fresca un puñal de doble filo y clavan el mango en el hielo del desierto nevado. El lobo hambriento siente la sangre desde lejos, especialmente en el aire puro y punzante, bajo las estrellas altas y heladas, y pronto encuentra el anzuelo sangriento. Se corta la lengua lamiendo la trampa congelada. Chupa su sangre caliente de la hoja fría y no puede parar hasta que se desploma, repleto de su propia sangre.

                                                                          FIN

Tomado de http://eltriunfoarciniegas.blogspot.com.ar/

Aborto - Juan José Millás

Cuando mi tía Maruja tuvo un aborto, abrí a escondidas el tomo correspondiente de la enciclopedia Espasa, que estaba en la habitación de mis padres, y busqué la palabra para ver qué rayos era aquello de lo que sólo se podía hablar en voz baja. Decía así: 'Cosa sobrenatural, estupenda, rara o caprichosa que está fuera de las leyes normales'. De modo que mi tía había tenido una cosa sobrenatural, estupenda, rara o caprichosa que estaba fuera de las leyes normales. Aquello me excitó, y aunque no conseguí verle a mi tía la cosa sobrenatural por ninguna parte, supuse que la ocultaba debajo de la ropa, y de la ropa interior para ser más exactos.

                                                                         FIN

Hombrecillos - Juan José Millás

Estaba escribiendo un articulo sobre las últimas fusiones empresariales, cuando noté un temblor en el bolsillo derecho de la bata, de donde saqué, mezclados con varios mendrugos de pan, cuatro o cinco hombrecillos que arrojé sobre la mesa, por cuya superficie corrieron en busca de huecos en los que refugiarse.
                                                                           FIN

Pobrecito - Carlos Monsiváis

Y luego, había el niño de nueve años que mató a sus padres y pidió al juez clemencia porque él era huérfano.

                                                                      FIN

lunes, 15 de enero de 2018

Sueños - Daniel Castillo

Cuando dejaste de venir a visitarme, como todos los domingos, te confieso que me resistí a creerlo. Habíamos hecho tantos planes juntos: casarnos en la iglesia, adoptar dos preciosos chiquillos, viajar en bote alrededor del mundo…
No entiendo cómo pudiste abandonar nuestro sueño. Recuerdo que siempre decías que el optimismo es la única arma efectiva en este caótico mundo. Pero esta vez he decidido vencerte con tus mismas armas: hace solo unos días me he comprado un elegante esmoquin, he firmado en la agencia el certificado de adopción de dos preciosos chiquillos y hasta he pagado la cuota inicial de un pequeño bote de remos para dos.
Solo me falta una chica como tú, que no es tan difícil como crees. Aprovecho los domingos para buscar a la ideal en la fila de visitas, aunque las enfermeras de este asilo me miren con reprimida compasión.
Mientras tanto, cada noche, antes de acostarme, acomodo mi esmoquin en el armario, beso la foto de los chicos y amarro el bote a mi cama, para que no se lo lleve el viento. De vez en cuando, también, dejo la ventana entreabierta, para que puedas regresar volando, como en mis más locos sueños.

                                                                           FIN

EL templo - Alejandro Zaccardi

Le tenía terror al Templo, lugar silencioso de figuras muertas, y hombres vestidos de luto con caras duras y grises.
La gente murmuraba y se agachaba como si tuviese un peso terrible en sus espaldas. Siempre el lugar estaba iluminado por velas, en una oscuridad permanente que hacía todo más irreal.
Más adelante escuchó decir que ahí se hablaba del Amor de Dios. Que esos hombres de negro lo predicaban. Pero siempre lo dudó.
Nunca creyó que Dios se manifestara en ese Infierno.

                                                                           FIN

La herencia - León Tolstói

Un hombre tenía dos hijos.
—Cuando muera, lo partiréis todo a medias —les dijo en una ocasión.
El padre se murió y los hijos comenzaron a discutir sobre la herencia.
Finalmente, le pidieron a un vecino que les aconsejara, y éste les preguntó:
—¿Cómo dijo vuestro padre que dividierais la herencia?
Los hermanos contestaron:
—Nos recomendó que la partiéramos a medias.
—Entonces —dijo el vecino—, cortad en dos los trajes, romped la vajilla por la mitad, y partid en dos cada cabeza de ganado.
Los hermanos siguieron el consejo del vecino y se quedaron sin nada.

                                                                            FIN

La costura del tiempo - Ernesto Simón

En el año 2666 comenzó a rajarse la costura del tiempo. Desde entonces, la historia del mundo se dividió en dos versiones. Las letras se escribieron duplicadas. Todo se supo de dos maneras. El espejo se convirtió en matriz ineludible. Hubo un lado y hubo otro. Cuentan que los hombres nunca supieron de la misteriosa costura que Dios no había terminado de unir. Un trabajo mal hecho y la fatiga inesperada del Todopoderoso contribuyeron al malogrado final. La humanidad quedó condenada a conocer una sola de las dos versiones que cifran la historia.

                                                                             FIN

Rencor - Enrique Tamarit Cerdá

En cuclillas sobre el peñasco desde el que antaño vigilaba el rebaño, el cazador escudriña los matorrales. La posición y el relente le han entumecido las piernas y la atenta espera le ha embotado el seso. Adormilado, se ve de crío bajando a trompicones el cerro para contar en casa, entre sollozos, que el hijo del señorito se llegó hasta la tena para robar un lechazo y tiembla a cuenta de los correazos que recibe por descuidado. Se ve también de mozo, ajorrando pinos por jornales de miseria y, ya hombre, emigrando y quebrándose el lomo en trabajos de mierda, junto a la esposa a la que detesta y al hijo que lo detesta a él. Alborea cuando asoma su padre con el almuerzo y él se sobresalta y lo encara, enajenado. Se congestiona, le grita, se caga en la puta vida que lo ha tratado como a un perro, se echa la escopeta a la cara y le descerraja dos tiros. Luego le da frío y se arrebuja con las solapas. El charco de sangre alcanza un rodal de setas y le viene su sabor a la memoria.

                                                                      FIN

Metamorfosis - Lola Sanabria

Noche de luna llena. El acróbata trabaja sin red. Agarrado a la barra del trapecio, toma impulso, flexiona las piernas y se columpia. Cuando su cuerpo dibuja sobre las cabezas de los niños, la curva de una amplia sonrisa, suelta las manos, se gira en el aire, y cae en la pista sobre las almohadillas de sus cuatro patas.

                                                                            FIN

Cuanto más Otelos, más Pinochos - Ana Caliyuri

El libro amarillento dejaba ver las telarañas que lo envolvían. Soplé con inquietud el polvillo antiguo, después de todo siempre se aprende de aquello que el tiempo no ha destruido. Llamó mi atención el título: De Otelos y Pinochos, rezaba la tapa en rojo púrpura. Parece ser que en este depurado libro el mentado moro (Otelo) padecía raptos agudos de melancolía que lo impulsaban a continuas infidelidades con distintas damas de la época. Obviamente que la historia escrita por masculinas plumas ha ocultado la verdadera versión, y es más, parece ser que el caballero de su confianza fue Pinocho. En todos lados se cuecen habas, y en la literatura también. Cualquier similitud con el hoy es sólo cuestión de naturaleza humana…

                                                                           FIN

Determinismo - Camilo Fernández

Un rayo alcanza a un agricultor en pleno día mientras trilla la última hectárea de trigo en el sur de Corrientes. Instantes después, un motociclista frena a escasos centímetros de ser atropellado por un camión en Milwakee. Casi al mismo tiempo, un sacerdote es apuñalado por un grupo de monjas durante un ritual satánico al noreste de Torino. Esa misma tarde, la ciudad de Mandaori es prácticamente borrada del mapa junto a la mitad de sus habitantes. Antes, uno de los bloques de la pirámide principal del Louvre, colapsa sobre un turista japonés matándolo al instante.
En algún lugar de la nada, un gran tablero muestra la Tierra; a un costado, un Dios de semblante preocupado observaba su próxima jugada. En el otro extremo, con una sonrisa apenas dibujada, el Diablo se inclina para tener una mejor visual del juego, sabiendo que estaba muy cerca de convertirse en ganador.

                                                                      FIN

Filoso - Cristian Cano

—¿Por qué escribir? —preguntó exhalando humo.
—Porque nos obliga a despojarnos de lo que nos cierne.
—¿Y... para qué escribir?
—Para corregirnos —respondió—. ¡Bien pudiese yo vivir mil años para aprender de mis errores! Escribir es vivir más.
—¿Sabés qué buscás al escribir? —insistió.
—Sí. Vivir y dar vida.
—¿Y a quiénes considerás escritor?
—Eso es muy difícil de responder.

                                                               FIN

Restos de un personaje - Cristian Cano

Salta, repentino, un hombre delgado de movimientos ligeros, con pantalones que le llegan hasta la mitad de los tobillos, como los de una nueva Mantis. Y comienza a bailar sin decir ni “mu”: zapatea, patina y se queda quieto, pensando. Después desaparece. Voy dando vueltas y me hago café. Prendo el televisor e intento distraerme. No sé quién es: no habla. Juntando Muchas horas al Sol, se pone lento, anestesia el flujo y quiebra los colores. Pero nada de eso funciona, siempre termina por suceder la congregación de las sombras, ahí, en los rincones. Ahí, detrás de las patas de las sillas, en donde el mundo parece cambiar.

                                                                       FIN

Cenizas - Ana Caliyuri

En la espesa quietud, distingo una voz apagada. El silencio, padre de todas las voces, otrora audibles, pasea por la noche cual centinela sin causa. Luego, se atavía como siempre con todo lo invisible, deja su huella atemperada y entre sepulcros sin dioses huye hacia la nada. Yo permanezco impertérrita, por momentos soy abismos, por momentos oscurantismo y en segundos luz de bitácora. Despierto, de las cenizas resurge la voz no silente, de cara a un nuevo alba.

                                                                            FIN

La reserva - Ana Caliyuri

Siempre llego tarde al reparto; léase: distribución de papeles, bienes, cargos, mesas, cenas, libros, etc. El caso es que por tal motivo (el de estar a destiempo de los hechos) desarrollé los síntomas de una tara. Los médicos la denominan la tara …no sé qué, ellos siempre han sido muy reservados en sus diagnósticos y yo firme en la trinchera de la vida la sigo luchando; obvio, no soy de la reserva.

                                                                         FIN

Reversiones - Carlos Feinstein

Gregorio logró volver a ser humano, Para ese momento, todos los demás se habían convertido en insectos gigantes. El problema de Gregorio entonces fue claro, era el ser equivocado en el momento inoportuno. Con el tiempo aprendió que no importaba lo que hiciese, el estaba condenado a ser el repugnante de la sociedad. Habiendo aceptado la situación, se divertía incordiando a cualquier humano o insecto según el turno, que tuviera la mala fortuna de acercársele demasiado.

                                                                                 FIN

Zapatos - Daniel Frini

Dejó las pantuflas de bajar ascensores y se calzó las chinelas de transitar lobbies. En la puerta las cambió por mocasines de caminar veredas. Llegó a la esquina, se puso botas para saltar charcos y bajó a la calle. En la senda peatonal las reemplazó por sandalias de cruzar calzadas. Absorto en sus cosas, no prestó atención a la bocina de romper oídos y lo atropelló un auto que circulaba sobre ruedas de cansar ciudades.

                                                                             FIN

Luna - Enrique Anderson Imbert

Jacobo, el niño tonto, solía subirse a la azotea y espiar la vida de los vecinos.
Esa noche de verano el farmacéutico y su señora estaban en el patio, bebiendo un refresco y comiendo una torta, cuando oyeron que el niño andaba por la azotea.
—¡Chist! —cuchicheó el farmacéutico a su mujer—. Ahí está otra vez el tonto. No mires. Debe de estar espiándonos. Le voy a dar una lección. Sígueme la conversación, como si nada...
Entonces, alzando la voz, dijo:
—Esta torta está sabrosísima. Tendrás que guardarla cuando entremos: no sea que alguien se la robe.
—¡Cómo la van a robar! La puerta de la calle está cerrada con llave. Las ventanas, con las persianas apestilladas.
—Y... alguien podría bajar desde la azotea.
—Imposible. No hay escaleras; las paredes del patio son lisas...
—Bueno: te diré un secreto. En noches como esta bastaría que una persona dijera tres veces "tarasá" para que, arrojándose de cabeza, se deslizase por la luz y llegase sano y salvo aquí, agarrase la torta y escalando los rayos de la luna se fuese tan contento. Pero vámonos, que ya es tarde y hay que dormir.
Entraron dejando la torta sobre la mesa y se asomaron por una persiana del dormitorio para ver qué hacía el tonto. Lo que vieron fue que el tonto, después de repetir tres veces "tarasá", se arrojó de cabeza al patio, se deslizó como por un suave tobogán de oro, agarró la torta y con la alegría de un salmón remontó aire arriba y desapareció entre las chimeneas de la azotea.

                                                                           FIN

La fama - Enrique Anderson Imbert

El poeta la vio pasar, aprisa; y aprisa corrió tras ella y se quejó:
-¿Y nada para mí? A tantos poetas que valen menos ya los has distinguido: ¿y a mi cuándo?
La Fama, sin detenerse, miró al poeta por encima del hombro y contestó sonriéndole mientras apresuraba la carrera:
-Exactamente dentro de dos años, a las cinco de la tarde, en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, un joven periodista abrirá el primer libro que publicaste y empezará a tomar notas para un estudio consagratorio. Te prometo que allí estaré.
-¡Ah, te lo agradezco mucho!
-Agradécemelo ahora, porque dentro de dos años ya no tendrás voz.
FIN

La escuela del hambre - Anónimo. Oriente.

Esta historia transcurre en el siglo XVII en Japón, durante un periodo de hambre.
Un campesino que no tenía con qué alimentar a su familla se acuerda de la costumbre que promete una fuerte recompensa al que sea capaz de desafiar y vencer al maestro de una escuela de sable.
Aunque no había tocado un arma en su vida, el campesino desafía al maestro más famoso de la región. El día fijado, delante de un publico numeroso, los dos hombres se enfrentan. El campesino, sin mostrarse nada impresionado por la reputación de su adversario, lo espera a pie firme, mientras que el maestro de sable estaba un poco turbado por tal determinación.
“¿Quién será este hombre?”, piensa. “Jamás ningún villano hubiera tenido el valor de desafiarme. ¿No será una trampa de mis enemigos?”
El campesino, acuciado por el hambre, se adelanta resueltamente hacia su rival. El Maestro duda, desconcertado por la total ausencia de técnica de su adversario. Finalmente, retrocede movido por el miedo. Antes incluso del primer asalto, el maestro siente que será vencido. Baja su sable y dice:
-Usted es el vencedor. Por primera vez en mi vida he sido abatido. Entre todas las escuelas de sable, la mía es la más renombrada. Es conocida con el nombre de “La que en un solo gesto lleva diez mil golpes”. ¿Puedo preguntarle, respetuosamente, el nombre de su escuela?
-La escuela del hambre -responde el campesino.
FIN