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Bienvenidos... Recomendación de esta semana Los esclavos, de Jacques Sternberg

lunes, 15 de enero de 2018

La copia perfecta - Anónimo. Mundo árabe.

Nasrudín estaba en Turquía visitando a un amigo. Una noche, se sentaron fuera, bajo el cielo estrellado. Enseguida, el mulá empezó a dar sonoras muestras de aprobación.
—¿Por qué haces “¡ooh!” y “¡aah!”?
—Estaba admirando tu cielo y me asombraba de la maestría de los pintores de cielos de aquí. Han hecho una copia perfecta de las estrellas que tenemos en mi tierra natal.
FIN

La conquista de la luna - Julio Torri

Después de establecer un servicio de viajes de ida y vuelta a la Luna, de aprovechar las excelencias de su clima para la curación de los sanguíneos, y de publicar bajo el patronato de la Smithosonian Institution la poesía popular de los lunáticos (Les Complaintes de Laforgue, tal vez) los habitantes de la Tierra emprendieron la conquista del satélite, polo de las más nobles y vagas displicencias.
La guerra fue breve. Los lunáticos, seres los más suaves, no opusieron resistencia. Sin discusiones en café, sin ediciones extraordinarias de El matiz imperceptible, se dejaron gobernar de los terrestres. Los cuales, a fuer de vencedores, padecieron la ilusión óptica de rigor —clási­ca en los tratados de Físico-Historia— y se pusieron a imitar las modas y usanzas de los vencidos. Por Francia comenzó tal imitación, como adivinaréis.
Todo el mundo se dio a las elegancias opacas y silenciosas. Los tísicos eran muy solicitados en sociedad, y los moribundos decían frases excelentes. Hasta las señoras conversaban intrincadamente, y los reglamentos de policía y buen gobierno estaban escritos en estilo tan elaborado y sutil que eran incomprensibles de todo punto aun para los delincuentes más ilustrados.
Los literatos vivían en la séptima esfera de la insinuación vaga, de la imagen torturada. Anunciaron los críticos el retorno a Mallarmé, pero pronto salieron de su error. Pronto se dejó también de escribir porque la literatura no había sido sino una imperfección terrestre anterior a la conquista de la Luna.
FIN

La confesión - Manuel Peyrou

En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.
Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.
-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?
-Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.
FIN

viernes, 12 de enero de 2018

La condena de un hombre bueno - Bertolt Brecht

Escucha: sabemos que eres nuestro enemigo. Por eso ahora queremos mandarte al paredón. Pero en vista de tus méritos y buenas prendas, será un buen paredón, y te fusilaremos con buenas balas disparadas por buenos fusiles y te enterraremos con una buena pala y en tierra buena.
FIN

La ciencia de la pereza - Anónimo. Occidente

Para los turcos, Dios no nos ha impuesto castigo más brutal que el trabajo. Por esa razón, cuando su hijo cumplió 14 años, un viejo turco, buscó al profesor de la comarca para que se ejercitara en la pereza.
El profesor era conocido y respetado, pues en su vida solo había escogido la senda del menor esfuerzo. El viejo fue a visitarlo y lo encontró en el jardín, tendido sobre cojines, a la sombra de una higuera. Lo observó un poco antes de hablarle. Estaba quieto como un muerto, con los ojos cerrados, y solo cuando escuchaba el ¡chas! que anunciaba la caída de un higo maduro a poca distancia, estiraba lánguidamente el brazo para cogerlo, llevárselo a la boca y tragárselo.
“Este es, sin duda, el profesor que necesita mi hijo”, se dijo. Se acercó y le preguntó si estaba dispuesto a enseñarle a su hijo la ciencia de la pereza.
—Hombre —le dijo el profesor con un hilo de voz—, no hables tanto que me canso de escucharte. Si quieres transformar a tu hijo en un auténtico turco, mándamelo y basta.
El viejo llevó a su hijo, con un cojín de plumas debajo del brazo, y le dijo:
—Imita al profesor en todo lo que no hace.
El muchacho, que sentía especial inclinación por esa ciencia, vio que el profesor, cada vez que caía un higo, estiraba el brazo para recogerlo y engullirlo. “¿Por qué esa fatiga de estirar el brazo?”, pensó, y se mantuvo recostado con la boca abierta. Le cayó un higo en la boca y él, lentamente, lo mandó al fondo. Luego volvió a abrir la boca. Cayó otro higo, esta vez un poco más lejos; el discípulo no se movió, sino que dijo, muy despacito:
—¿Por qué tan lejos? ¡Higo, cáeme en la boca!
El profesor, al advertir la sapiencia de su discípulo, le dijo:
—Vuelve a casa, que aquí nada tienes que aprender. Soy yo, más bien, quien debe aprender de ti.
Y el hijo volvió con el padre, que dio gracias al cielo por haberle dado un vástago tan ingenioso.
FIN

La cautela - Slawomir Mrozek

Mi ansiedad iba creciendo a medida que me acercaba al lugar más tenebroso del bosque. Decían que allí acechaban los bandoleros.
Estaba a punto de dejar atrás aquel tramo tan peligroso, cuando tres individuos me cortaron el paso.
—¿Ustedes son bandoleros? —les pregunté.
—¿Nosotros? ¡Qué va! Somos guardabosques.
Respiré con alivio.
—Aunque, ahora que lo dice, rondan por aquí unos tipos extraños. ¿Por qué no nos deja en depósito el dinero en efectivo que lleva? Mejor no correr ningún riesgo.
Se los entregué todo y, libre de preocupaciones, seguí mi camino. Debo admitir que nadie me molestó: ¡ni rastro de bandoleros!
Pero yo soy una persona precavida.
FIN

La casa encantada - Anónimo.Occidente

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a comenzar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a una fiesta de fin de semana. De pronto, tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el auto. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
-Espéreme un momento -suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente.
Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondía a su impaciente llamado.
-Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?
-Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la compre. ¡Un fantasma, hija mía, frecuenta esta casa!
-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es?

-Usted -dijo el anciano, y cerró suavemente la puerta.
FIN

La cabeza del perro - Arthur Conan Doyle

Estoy arrellanado en el sillón junto a la chimenea en que crepita el fuego. Tengo la copa de coñac en la mano derecha. Con la mano izquierda, caída descuidadamente, acaricio la cabeza de mi perro… hasta que descubro que no tengo perro.
FIN

Estampa - Julio Torri

El día fue caluroso. Se comienza a llenar de opalina sombra la hondonada, por cuyo fondo discurren ondas brillantes y tersas. Los árboles extienden espesas copas sobre la grama. En rústicos bancos están repartidas algunas parejas, las cabezas inclinadas, las caras graves y felices, perdidas las miradas en el tramonto. No se escuchan las palabras que murmuran los labios, pero se adivinan apasionadas y dulces, de las que levantan hondas resonancias en el espíritu. Ponen las girándulas su amarilla nota en el cielo verdemar, color de alma de Novalis. Los astros arden entre el follaje. Un niño juega con su perro. De las aguas asciende frescor perfumado que orea las frentes y extasía nuestros sentidos, penetrándolos con su caricia clara. Lucen al escondite las luciérnagas.
Fuera del cuadro un melancólico, la cara negra de sombra bajo el puntiagudo sombrerillo, herido de amorosas penas tasca desdenes y medita en insolubles enigmas. La tarde divina armoniza sus querellosas preocupaciones.
FIN

martes, 9 de enero de 2018

El rosal - Alfonsina Storni



La tarde susurraba como un labio en pasión. El sol, viejo ya, ponía sus besos laxos sobre mis dedos.
Dentro de mí jugueteaba el misterio. Fuera, a mi alrededor, jugueteaba el viento. A mis pies la tierra persistía en su función creadora. Y así fue como llegué al jardín de rosas.
Abiertas estaban como bocas de mujer; aterciopeladas como frase masculina; espinosas como sendas del amor.
—¿Qué hacéis, dulces amigas mías, madres de la miel? ¿Qué hacéis, esclavas de la tierra, preferidas del sol, amantes de las mariposas?
Y como no me respondieron me acerqué a un rosal buscando su secreto.
Erizó sus espinas por defender sus capullos y se movió al soplo del viento como diciendo: ¡no! ¡no!
Mas su perfume me había envuelto ya, se me entregaba.
Extendí una mano para cortar sus flores, pero llegó hasta ellas y las acarició suavemente. Extendí la otra, creyéndola más cruel, pero ambas se adormecieron sobre los capullos.
Poco a poco mis brazos rodearon al rosal y lo acercaron a mi rostro...El aroma de las rosas me sutilizaba el alma: las espinas me desgarraban la garganta.
Y como bajo la exaltación del espíritu y el dolor de mis heridas yo tuviera consciencia de la Eternidad, no supe distinguir si en tal momento me poseían el Amor o la Muerte.


                                                                 FIN

lunes, 8 de enero de 2018

Escondido - Yenitza Anseume



El hombre famoso, ya cansado de huir de los reporteros, decidió dejarse fotografiar en su rutina diaria. Así que se quitó el sombrero que siempre lo acompañaba y salió confiado en que lo abordarían como siempre en cada una de sus actividades. Para su sorpresa nadie lo persiguió ese día, ni durante toda la semana, ni en todo el mes. Entre tanto, el sombrero, rey de la fama, permanecía escondido colgado en el perchero. 
                                                            Fin

Cuarto oscuro - Fernando Iwasaki

Hace poco tuve una pesadilla terrible. Soñé que la madre Dolores me ponía unas cuentas larguísimas que nunca me salían. Sumaba una columna y me olvidaba cuánto llevaba, y tenía que empezar de nuevo y los ojos de la madre Dolores se ponían rojos como los de los monstruos de los dibujos. Como me puse a llorar, la madre me cogió de las orejas y con su carcajada de bruja me encerró en el cuarto oscuro hasta el día siguiente.
Mi esposa no me cree y quiere saber dónde estuve toda la noche.
                                                      Fin

Su amor no era sencillo - Mario Benedetti

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.
                                                           FIN

Stand by - Isabel Bono



Asimilo. Eso creo. Poco a poco voy asimilando mi vida, con una constante sensación de llevar varios años de retraso. Hoy, por ejemplo, se me cayó encima una conversación y un paseo en el que te hice unas fotografías. Una tarde de hace siete años, con el corazón en la garganta y las infinitas ganas de besarte.

Esta tarde, las bocinas de los coches suenan más de la cuenta porque todos tienen prisa o miedo. Cualquiera sabe. El aire caliente deslizaba las imágenes ante mis ojos. Eso es todo.

Hoy nadie podría hacer nada por mí.

Como si tuviese fiebre. Como si hubiera comido frutos envenenados. Tal vez sean las palabras, ya podridas, en el estómago.


Desde que no estás, Montero, siento a todas horas como si alguien hubiese metido mi corazón en aceite hirviendo.

FIN

Rechazo - Francesc Barberá

Todo empezó cuando me trasplantaron las dos manos. En tan solo dos semanas ya era capaz de escribir y manipular objetos casi con normalidad. Sin embargo, aquello no era lo más asombroso. Al poco tiempo descubrí que podía tocar el piano, a pesar de no haberlo hecho en mi vida. Luego me pasó lo mismo con los malabares y la papiroflexia. Incluso llegué a hacer algún truco de magia. Mi mujer y mis hijos están encantados con el cambio. Es más, ella se ha vuelto a enamorar de mí. Bueno, mejor dicho, de mis manos. Tanto es así́ que ahora ya no quiere besos, solo caricias. Además me exige a todas horas que le haga masajes. Qué manos tienes, me dice. Ella lo ignora, pero sueño con que todo vuelva a ser como antes. Hoy me ha pedido que recorte los setos del jardín. Al coger las tijeras de podar y comprobar lo afiladas que estaban, he sentido un cosquilleo por todo el cuerpo.

                                                                             FIN

Amores imposibles - Francesc Barberá

Hace algunos años ya, concretamente desde que se creó la compañía de circo, que el hombre elefante está perdida e irremediablemente enamorado, hasta las trancas diría yo, de la contorsionista. Ella, en cambio, se muere por los huesos de un señor muy recto, teniente coronel del Ejército del Aire, que solo tiene ojos para un policía antidisturbios, que, ironías de la vida, ha perdido la cabeza por una manifestante antisistema, roja, okupa, bisexual, atea y de Carabanchel, que no se atreve a confesarle su amor a un sacerdote, que a su vez ama en silencio a un monaguillo imberbe que se quedó prendado, vaya usted a saber por qué, de la mujer barbuda, con la que no tiene absolutamente nada que hacer porque hace algunos años ya, concretamente desde que se creó la compañía de circo, que está perdida e irremediablemente enamorada, hasta las trancas diría yo, del hombre elefante.

                                                                          FIN

La maqueta - Francesc Barberá

Papá lleva veinte años construyendo una maqueta. Su obsesión ha llegado a tal límite que reproduce fielmente cada detalle de la ciudad. Si el vecino decide pintar la fachada de su casa de otro color, papá corre a la tienda a comprar el mismo tono de pintura. Mamá está harta. Ayer se fue de casa. Después de buscarla durante todo el día, al final la encontramos en la estación. A través de la lupa pudimos ver cómo se despedía de nosotros mientras subía las maletas al tren.

                                                                      FIN

Noche en el museo - Francecs Barberá

El grito de Munch alerta al vigilante del museo: el bodegón de Cézanne ha desaparecido. La Mona Lisa sonríe de forma enigmática, centrando las primeras sospechas. La maja desnuda, en cambio, parece no ocultar nada. Vulcano, despechado, acusa a la Venus de Botticelli, que a su vez señala al caballero, que, con la mano en el pecho, jura y perjura que es inocente. El pensador, taciturno, contempla la noche estrellada en busca de alguna pista. Ajenas a lo sucedido, las hilanderas continúan tejiendo al compás del tictac de los relojes blandos. Entretanto, Saturno disimula mientras sigue devorando a su hijo.

Recomendación para ser alcanzado por un rayo - Francesc Barberá

Si la tormenta le sorprende bañándose en una piscina, río o playa, permanezca en el agua: el cuerpo mojado es buen conductor de la electricidad. Si se encuentra en la montaña, diríjase a la cima más alta. Refúgiese debajo de los árboles, sobre todo si están aislados. Acérquese a alambradas, verjas y cualquier tipo de objetos metálicos. Utilice su teléfono móvil. Si además realiza una llamada, la probabilidad de ser alcanzado por un rayo se multiplica. Con suerte, ella responda y pueda decirle, un instante antes de recibir el impacto, que aún la ama.
                                                          FIN

domingo, 7 de enero de 2018

¿Dónde está el décimo hombre? - Anónimo. India

Eran diez amigos. Todos ellos eran muy ignorantes. Decidieron ponerse de acuerdo para hacer una excursión.
Querían divertirse un poco y pasar un buen día en el campo. Prepararon algunos alimentos, se reunieron a la salida del pueblo al amanecer y emprendieron la excursión. Iban caminando alegremente por los campos charlando sin cesar entre grandes carcajadas. Llegaron frente a un río y, para cruzarlo, cogieron una barcaza que había atada a un árbol. Se sentían muy contentos, bromeando y chapoteando en las aguas. Llegaron a la orilla opuesta y descendieron de la barcaza.
¡Estaba siendo un día estupendo! Ya en tierra, se contaron y descubrieron que solamente eran nueve. Pero, ¿dónde estaba el décimo de ellos? Empezaron a buscar al décimo hombre. No lo encontraban. Comenzaron a preocuparse y a lamentar su pérdida. ¿Se habrá ahogado? ¿Qué habrá sido de él? Trataron de serenarse y volvieron a contarse. Sólo contaban nueve. La situación era angustiosa. Uno de ellos se había extraviado definitivamente.
Comenzaron a gimotear y a quejarse.
Entonces pasó por allí un vagabundo.
Vio a los hombres que otra vez se estaban contando. El vagabundo descubrió enseguida lo que estaba pasando.
Resulta que cada hombre olvidaba contarse a sí mismo. Entonces les fue propinando una bofetada a cada uno de ellos y les instó a que se contaran de nuevo. Fue en ese instante cuando contaron diez y se sintieron muy satisfechos y alegres.
FIN

La búsqueda - Costas Axelos

Un hombre erró por el mundo durante toda su vida a la búsqueda de la piedra -filosofal- que convertiría en oro al metal más vulgar. Erraba por montes y valles, vestido con un sayal atado a su cuerpo por medio de un cinturón con una hebilla metálica. Cada vez que le parecía que una piedra podía ser la piedra, la frotaba contra su hebilla y se veía obligado a tirarla.
Una tarde en que estaba muy fatigado, llegó a la casucha de una anciana campesina y le pidió de comer y de beber. La vieja lo interrogó, y después de haber escuchado en silencio, se fijó en su hebilla y dijo:
—Pobre hombre, has tirado la piedra preciosa, ¿no te has dado cuenta de que tu hebilla ya se ha convertido en oro?
FIN

La bella durmiente del bosque y el príncipe - Marco Denevi

La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al príncipe. Y cuando lo oye acercarse, simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho, pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.
FIN

La balada de las hojas más altas - Julio Torri

Nos mecemos suavemente en lo alto de los tilos de la carretera blanca. Nos mecemos levemente por sobre la caravana de los que parten y los que retornan. Unos van riendo y festejando, otros caminan en silencio. Peregrinos y mercaderes, juglares y leprosos, judíos y hombres de guerra: pasan con premura y hasta nosotros llega a veces su canción.
Hablan de sus cuitas de todos los días, y sus cuitas podrían acabarse con solo un puñado de doblones o un milagro de Nuestra Señora de Rocamador. No son bellas sus desventuras. Nada saben, los afanosos, de las matinales sinfonías en rosa y perla; del sedante añil de cielo, en el mediodía; de las tonalidades sorprendentes de las puestas del sol, cuando los lujuriosos carmesíes y los cinabrios opulentos se disuelven en cobaltos desvaídos y en el verde ultraterrestre en que se hastían los monstruos marinos de Böcklin.
En la región superior, por sobre sus trabajos y anhelos, el viento de la tarde nos mece levemente.
FIN

La Atlántida - Juan Rodolfo Wilcock

Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual reelevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: “Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes”.
Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: “Valor, excelencia, lo peor ya pasó”.
FIN

La aniquilación de los ogros - Anónimo. India

La vida de una tribu entera de ogros puede estar concentrada en dos abejas. El secreto, sin embargo, fue revelado por un ogro a una princesa cautiva, que fingía temer que éste no fuera inmortal. Los ogros no morimos, dijo el ogro para tranquilizarla. No somos inmortales, pero nuestra muerte depende de un secreto que ningún ser humano adivinará. Te lo revelaré, para que no sufras. Mira ese estanque: en su mayor profundidad, en el centro, hay un pilar de cristal, en cuya cima, bajo el agua, reposan dos abejas. Si un hombre puede sumergirse en las aguas y volver a la tierra con las abejas y darles libertad, todos los ogros moriremos. ¿Pero quién adivinará este secreto? No te apesadumbres; puedes considerarme inmortal.
La princesa reveló el secreto al héroe. Éste libertó las abejas y todos los ogros murieron, cada uno en su palacio.
FIN

La advertencia - Anónimo. India



El gurú y el discípulo estaban departiendo sobre cuestiones místicas. El maestro concluyó con la entrevista diciéndole:
-Todo lo que existe es Dios.
El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal gritó avisando:
-¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar!
Pero el discípulo, inmutable, se dijo: “Yo soy Dios y el elefante es Dios, así que ¿cómo puede tener miedo Dios de sí mismo?”
Razonando de este modo evitó apartarse. El elefante llegó hasta él, lo agarró con la trompa y lo lanzó al tejado de una casa, rompiéndole varios huesos.
Semanas después, repuesto de sus heridas, el discípulo acudió al mentor y se lamentó de lo sucedido. El gurú replicó:
-De acuerdo, tú eres Dios y el elefante es Dios. Pero Dios, en la forma del muchacho que conducía el elefante, te avisó para que dejaras el paso libre. ¿Por qué no hiciste caso de la advertencia de Dios?
FIN

sábado, 6 de enero de 2018

Herencia - Paz Monserrat Revillo

Antes de ponerse el pendiente frotó el metal que rodeaba el zafiro con un bastoncito impregnado en líquido para limpiar plata. Cientos de estratos de tiempo levantaron el vuelo dejando la superficie luminosa y desnuda. Se acercó, curiosa, y la joya le devolvió el rostro adolescente de su abuela probándose el pendiente ante un espejo.

Cubo y pala - Carmela Greciet

Con los soles de finales de marzo mamá se animó a bajar de los altillos las maletas con ropa de verano. Sacó camisetas, gorras, shorts, sandalias..., y aferrado a su cubo y su pala, también sacó a mi hermano pequeño, Jaime, que se nos había olvidado.
Llovió todo abril y todo mayo.

La Clepsidra - Javier Puche

Perseguido por tres libélulas gigantes, el cíclope alcanzó el centro del laberinto, donde había una clepsidra. Tan sediento estaba que sumergió irreflexivamente su cabeza en las aguas de aquel reloj milenario. Y bebió sin mesura ni placer. Al apurar la última gota, el tiempo se detuvo para siempre.

(Sin título) - Gabriel Jiménez Eman

Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.

viernes, 5 de enero de 2018

La actitud interior - Anónimo. India

Eran dos grandes amigos. Trabajaban en un pueblo y decidieron ir a pasar unos días a la ciudad. Comenzaron a caminar y en una gran calle vieron un burdel que estaba frente a frente con un santuario. Uno de los amigos decidió pasar unas horas en el burdel, bebiendo y disfrutando de las bellas prostitutas, en tanto que el otro optó por pasar ese tiempo en el santuario, escuchando a un maestro que hablaba sobre la conquista interior.
Pasaron unos minutos, y entonces el amigo que estaba en el burdel comenzó a lamentar no estar escuchando al maestro en el santuario, en tanto que el otro amigo, por el contrario, en lugar de estar atento a las enseñanzas que estaba oyendo, estaba soñando con el burdel y reprochándose a sí mismo lo necio que había sido por no elegir la diversión. De este modo, el hombre que estaba en el burdel obtuvo los mismos méritos que si hubiera estado en el santuario, y el que estaba en el santuario acumuló tantos deméritos como si hubiera estado en el burdel.
FIN

Juez juzgado - Anónimo. Mundo árabe

Una noche, mientras daba un paseo, Nasrudín tropezó con un hombre bebido, tumbado en la hierba. Al ponerlo boca arriba, reconoció al juez, hombre famoso por pronunciar duras sentencias por las faltas morales. Nasrudín le quitó sus elegantes babuchas y el manto y siguió su camino.
Al día siguiente, cuando el juez volvió a su casa dando traspiés, se dio cuenta de que le habían robado. Lívido, dijo a la policía que buscarán en cada casa hasta encontrar al culpable. No pasó mucho tiempo antes de que Nasrudín fuera llevado al tribunal.
—¿Dónde conseguiste esas babuchas y ese manto? —preguntó el juez.
—Se los cogí a un borracho que encontré tumbado en la cuneta la noche pasada —contestó el mulá—. Desde entonces estoy tratando de devolvérselos, pero no conozco su identidad. ¿No lo conocerá su señoría por casualidad?
—¡Por supuesto que no! —replicó el juez—. ¡Caso archivado!
FIN

miércoles, 3 de enero de 2018

Jasón - Enrique Anderson Imbert

Odiseo fue el primero en contarlo, pero la verdad es que, antes de conocer a Odiseo, ya Circe había avisado a Jasón que tuviese cuidado al pasar por la isla de las sirenas: con sus cantos lo harían arrojarse al mar, a menos —le dijo— que se tapara con cera los oídos u ordenase a los argonautas que lo ataran al mástil. Jasón no quiso cuidarse. Las sirenas, al verlo tan jactancioso, no le cantaron, y así, cruelmente, lo dejaron sin nada que decir.
FIN

Jáliz - Anónimo. Mundo árabe.

En una reunión de jefes religiosos, los reverendos se complacían haciendo alarde de su conocimiento del Islam. Uno especulaba sobre el color del caballo del Profeta; otro, sobre la comida favorita de los ángeles; un tercero dio una información sumamente prolija de la creación del mundo; y, un cuarto, una descripción detallada del cielo. Finalmente, Nasrudín no pudo aguantar tanta presunción.
—Jaliz —tronó, para gran asombro de los jefes espirituales.
—¿Eso es un nombre? —preguntó uno.
—Por supuesto —exclamó—. Me sorprende que lo tengas que preguntar. Ese era el nombre del águila que se abalanzó sobre Moisés, llevándoselo.
—Pero ningún documento dice que Moisés fuera llevado por un águila —clamaron los reunidos.
—Entonces, Jaliz es el nombre del águila que se abalanzó sobre Moisés y no se lo llevó —dijo Nasrudín, con mirada altanera.
FIN

Isis y los siete escorpiones - Anónimo.

El malvado dios Seth desconocía que Osiris e Isis tuvieron un hijo llamado Horus. Isis y Horus se escondían cuando Seth los encontró y los encerró.
Cuando caía la tarde y con la ayuda de Thot, dios de la justicia y la verdad en la tierra y el cielo, escaparon de su prisión. Durante su viaje envió siete escorpiones mágicos para guiarles y protegerles.
Tras un largo viaje por la Tierra de Egipto, llegaron a Per-Sui, ciudad donde se venera al cocodrilo. Isis y su hijo llegaron muy fatigados y con ganas de descansar. Vieron una casa cercana a las marismas donde, en la puerta, se encontraba una mujer muy rica llamada Usert. Pero al ver los siete escorpiones que los acompañaban, se negó a ayudarlos y les cerró la puerta de su casa, aunque al final encontraron donde descansar, pues una mujer pobre los albergó amablemente en su casa.
Los escorpiones, a pesar de todo, estaban muy enfadados por la actitud de la mujer rica, y decidieron darle una lección por su falta de caridad. Le dieron todo su veneno a su jefe, Tefen, quien entró en la casa de la mujer rica y de este modo picó a su hijo que estaba durmiendo. La mujer comenzó a llorar pidiendo ayuda, pero nadie acudía a socorrerla. Sin embargo, la diosa Isis salió corriendo a ayudarla. Cogió en brazos a su niño y ordenó al veneno mortal mediante sus palabras que saliera de su pequeño cuerpo, y de este modo se salvó de la muerte.
La mujer de nombre Usert se dio cuenta de que Isis, la Señora de la Magia, a quien antes sin consideración ninguna había negado hospedar, había salvado la vida de su hijo. Sentía tales remordimientos que ofreció toda su fortuna a Isis y a la mujer pobre de las marismas que ofreció su casa sin temor alguno.
FIN

Invocación para desorejarse - José Lezama Lima

Para que el sombrero pudiese penetrar en mi testa, decidieron cortarme las dos orejas. Admiré sus deseos de exquisita simetría, que hizo que desde el principio su decisión fue de cortarme las dos orejas. Me sorprendió que tan lejos como era posible de un hospital, me fueran arrancadas con un bisturí que convertía al rasgar la carne en seda. Una urgencia como si alguien estuviese esperando en compraventa mis dos orejas. No hubo ninguna deliberación, pero comprendí que habían decidido que no se las llevaran. En sentido inverso, teniendo una en cada mano, las frotaron una sola vez contra el mármol de la repisa. Entró la patrona cantando y oprimió un limón contra la mancha que había quedado en la repisa. Pensé que se desprendería un humo o que se avivaría la mancha. Pensé, pero, cuando me asomé cuidadosamente, todo estaba igual, salvo el gesto de la patrona de encajarse en aquella situación cantando. Días después vi que arrojaba las gotas de limón en la parte de la repisa que no estaba manchada. Luego, tendría que repetirse la ceremonia o mi sacrificio estaba fuera de lugar, y no era a mí a quien deberían haber arrancado las dos orejas. 
Sentí que era llamado para la otra ceremonia: dejarse injertar unas bolas azafranadas en el hueco dejado por las orejas. Unos mozalbetes, tal vez soldados vestidos de paisano, colocaban las borlas en unas grietas abiertas en las paredes. No sé si  era un aprendizaje o un hecho que se aclararía después. Mientras yo esperaba la ceremonia y los soldados continuaban martillando, la patrona volvió a penetrar, ahora no cantaba, sino recogió una gran cantidad de almejas ya vaciadas que estaban por el suelo. Las hacía caer en su falda como si fueran flores. Luego, la noche anterior habían estado comiendo allí, antes de yo llegar, cuando aún tenía mis dos orejas. Me van pasando las borlas azafranadas de una a otra oreja, y la patrona me mira despacio, me recorre, me humedece. «Mañana, dice, volveré a recoger más almejas, traeré la canasta». «Mire, me dijo, si puedo hacerlo, como está tendido mi delantal, tengo las uñas como comidas en una pesadilla, pero eso sí lo he dejado como la nieve». «Todo lo que sale de esta casa, me dice con malicia, sale bien hecho». Claro, mis dos orejas han sido cortadas, me cuelgan dos borlas azafranadas, y cuando me asomo veo un delantal inmensamente blanco, no se mueve, y por la tarde guardo caparazones vacíos de almejas. Otro delantal, otro delantal, delantales, otro delantal, otro delantal.
FIN

Intromisión - Fernando Pessoa

Me asomo, desde una de las ventanas de la oficina abandonada al mediodía, a la calle en la que mi distracción siente movimientos de gente en los ojos, y no los ve, desde la distancia de mi meditación. Los pormenores de la calle sin animación por la que muchos andan se me destacan en un alejamiento mental: los cajones apiñados en el carro, los sacos a la puerta del almacén del otro y, en el escaparate distante de la tienda de ultramarinos de la esquina, el vislumbre de las botellas de ese vino de Oporto que sueño que nadie puede comprar. La gente que pasa por la calle es siempre la misma que ha pasado hace poco, es siempre el aspecto fluctuante de alguien, manchas sin movimiento, voces de incertidumbre, cosas que pasan y no llegan a suceder.
Y, de repente, suena, detrás de mí, en la oficina, la llamada metafísicamente abrupta del mozo. Siento que podría matarlo por haber interrumpido lo que no estaba pensando. Le miro, volviéndome, con un silencio lleno de odio, escucho anticipadamente —con una tensión de homicidio latente— la voz que va a gastar para decirme alguna cosa. Se sonríe desde el fondo de la casa y me da las buenas tardes en voz alta. Le odio como al universo.
FIN

lunes, 1 de enero de 2018

La venganza del mago - Patricia Richmond

Le dolían los huesos. Era lo único en lo que podía pensar y le impedía concentrarse como antes, cuando triunfaba con sus trucos de magia en los teatros detodo el país. A pesar de sus éxitos, tenía que seguir trabajando, aunque ya tenía edad para retirarse. Porque vivió siempre el momento, sin preocuparse por el mañana, y ahora pagaba las consecuencias teniendo que actuar en ese infame local para subsistir.Cada noche realizaba su representación durante el descanso de la función decabaret. Podía soportar las risas cuando los trucos fallaban; pero no podía perdonar las burlas del pianista, que le reventaba los números con sus melodíassatíricas en los momentos cruciales.No lo aguantaba más. Había estado practicando el truco toda la semana, memo-rizando cada paso y nada podía fallar. Llegó el descanso y subió al escenario.“Esta noche necesito la colaboración de nuestro simpático pianista”, comunicóal público, a lo que él se prestó divertido. Rápidamente lo cubrió con una tela negra, recitó unas palabras mágicas y, al retirarla, obtuvo la mayor ovación desu vida.Frente al teatro, los bomberos bajaron al pianista del árbol; desenganchar elpiano de las ramas fue más difícil.

                                                                          FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

En el lugar de las serpientes - Rocío Coronas

En algún lugar, de algún país, en algún momento, existió la tierra de las serpi-entes. Eran todas de grande y alargada figura, de espléndidas ganas de cantar y  bailar. Se arrastraban y gritaban. Todas de brillantes colores. Por las noches sedistinguían unas de otras. Iban y venían de entre los árboles. Iban y venían deentre la tierra. Todas gustaban de la música. Por las tardes se reunían en elárbol más grande a tocar el piano. Por las madrugadas cambiaban de piel. Y porlas mañanas morían de ganas por tener dedos y pies.

                                                                             FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)


Enseres - Sergio F. S. Sixtos

El microondas golpeaba al tostador y la licuadora intervino en la pelea —sentímiedo y salí corriendo de la cocina—, en la sala la lámpara de pie arremetía contra el tocadiscos que en ese instante reproducía un disco de jazz; entonces la pianola —cual rinoceronte enfurecido— se abalanzó sobre mí, la esquivé de mila-gro y se estrelló contra el ventanal cayendo hacía la calle. Es todo lo que tengoque decir señor Juez.

                                                                        FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

Amigo - Eduardo Adams

Cuando Manolo tenía clases de piano en su casa, yo lo espiaba. Me asomaba unpoco a la ventana y me quedaba quieto. Luego íbamos al parque, jugábamospelota, trepábamos árboles, cazábamos extraterrestres. Yo lo miraba. Todos los días. Cuando soñaba, también. En la escuela alguiensupo, adivinó, y Manolo no jugó más conmigo.Un día volví al parque y escalé el árbol más difícil. Pero también hice otra cosa. Y me dolió mucho el cuello. Y no podía respirar. Sólo podía ver mis piernas y,mucho más abajo, el suelo del parque, y cuando miré bien había baldosas, y merodeaban muebles y paredes con cuadros. Era la casa de Manolo.Caminé por todos lados haciendo mucha bulla porque ahora era grande y pesado. Estaba muy feliz, aunque no veía el piano por ninguna parte. Manolo vino de la escuela y corrí a abrazarlo. Mi cuerpo sonó desafinado, como truenos.Manolo se asustó y me pegó, y la trompada se escuchó en toda la casa. Me fijé y donde había sentido el golpe se había posado un pájaro, y de nuevo no puderespirar. Entonces esperé a que el ruido acabara, a que mi cuerpo callara poco a poco.

                                                                           FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

Melodía - Eva Campos

Mientras todo pasaba más rápido de lo que su cerebro podía procesar, Lucía miraba como si el piano cayera en cámara lenta desde la ventana. Lorenzo había llegado demasiado lejos y, encima de todo, se sentía con el derecho de herirla una vez más.Dejó de sentir las cachetadas y de escuchar los reclamos cuando el cristaldecidió ceder ante el peso de la madera que había sido empujada. Las teclashicieron una melodía extraña, que obligó a Lucía a volver a la realidad.Su mano tomó por instinto la lámpara junto al sillón, y la estrelló contra la cabeza de Lorenzo. Mientras él caía, ella corría hacia la ventana, pero en unparpadeo, el piano ya no estaba. No había cristales rotos ni nada. Sólo Lorenzo en un charco de sangre.

                                                                      FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

Vergüenza - Juan Pablo Goñi Capurro

Tarda en comprender que la mujer no volverá. Cuando lo asume, va hasta el baño; no está la chica ni sus ropas. Se asoma al tragaluz abierto, hay un callejón.Quiere pedir ayuda a conserjería; el teléfono está cortado. Desesperado, no atina a cubrirse con una sábana. Se coloca en cuclillas, abre la puerta y espía elpasillo. Desierto. Camina como un perro. Las rodillas le duelen al raspar sobre elsuelo rugoso. Alcanza el final del pasillo, una puerta y a la derecha el estar, consus vidrios a la calle. Oculto, intenta llamar la atención del conserje. Chista. Noobtiene resultados. Casi tocando el piso, adelanta su cabeza y mira en su direc-ción. El joven está de espaldas. Golpea con violencia la pared. El joven gira y ríe.Ríe cada vez más fuerte y no va a socorrerlo. El hombre, temiendo que todas laspuertas de las habitaciones se abran, abandona su escondite y muestra sudesnudez al conserje. El joven no reacciona, continúa riendo y señala la cabeza.El hombre se pasa la mano por su cráneo calvo y queda inmóvil, preguntándoseen qué momento la mujer había tomado su peluca, exponiendo sus delicados cuernos.

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Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

Instintos primitivos - Rony Vásquez

En un inicio, cuando Adán volvió a ser mono, empezó a concurrir a la universidad para convertirse nuevamente en hombre. La primera semana no conoció vergüenza, pero a la siguiente vistió camisa y pantalón. Todos sus compañeros extrañados lo miraban. La tercera semana se compró cuadernos y lapiceros, y la siguiente ya leía en la  biblioteca. Sin embargo, todos seguían mirándolo.De ese modo pasaron varios años hasta finalizar su carrera, y Adáncomprendió que había recuperado su naturaleza humana. El día de sugraduación, el jurado, después de haber revisado y escuchado suponencia, inició una serie de preguntas. Ante ello, Adán empezó a sudar, intentaba articular palabras pero solo alcanzaba a mover loslabios. De pronto, se escucharon varios gritos que provenían de la sala de graduación.La policía sigue investigando

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Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

Rehabilitación de Circe - Diego Muñoz Valenzuela

La preciosísima Circe estaba aburrida de la simplicidad de Ulises. Si bien era fogoso, bien dotado y bello, la convivencia no daba para más. Solía convertirloen perro para propinarle patadas, y él sollozaba y le imploraba perdón. Lo trans-formaba en caballo para galopar por la isla de Ea, fustigándolo con dureza. Lotransmutaba en cerdo para humillarlo alimentándolo con desperdicios. Volvía a darle forma humana para hacer el amor, y volvía a fastidiarse con su charla ñozinsulsa. Por fin lo expulsó del reino, le restituyó su barca y sus tripulantes y lo dotó con alimentos para un largo viaje. “Vete y no vuelvas”, ordenó con vozterminante al lloroso viajero, “y cuenta lo que quieras para quedar bien ante la historia”. Después sopló un hálito mágico para hinchar la vela de la embarcación.

                                                                         FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

Principio y fin del léxico - Andrés Neuman

Cada tarde de domingo, después de dormir la siesta, Arístides selevantaba y decía «tra», «cri», «plu» o incluso «tpme». Lo pronunciaba en voz muy alta, con absoluta elocuencia, sin tener ni idea de lasrazones. No le venían a la mente jirones del sueño interrumpido,imágenes concretas, deberes inmediatos. Ni siquiera vocablos deentre las decenas de miles que, muy supuestamente, conocía. No. Loque decía Arístides, y lo expresaba bien claro, era «fte», «cnac», «bld».Medio dormido, sin afeitar, él volvía a ser alguien anterior al léxico. Así, durante un momento, antes de entrar otra vez en el mundo, era desmesuradamente feliz sintiendo que tenía todo el lenguaje pordelante

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Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

Contaminación semántica - Luisa Valenzuela

La vida transcurría plácida y serena en la bella ciudad de provincia sobre el lago. A pie o en coche, en ómnibus o en funicular, sus habitantes se trasladaban de las zonasaltas a las bajas o viceversa sin alterar por eso ni la moral ni las buenas costumbres.Hasta que llegaron los minicuentistas hispanos y subvirtieron el orden. El orden de los vocablos. Y decretaron, porque sí, porque se les dio la gana, que la palabra funicularcomo sustantivo vaya y pase, pero en calidad de verbo se hacía mucho más interesante. Y desde ese momento el alegre grupo de minicuentistas y sus colegas funicularon para arriba, funicularon para abajo, y hasta hubo quien funiculó por primera vez en su vida y esta misma noche, estoy segura, muchos de nosotros funicularemos juntos. Y la ciudad nunca más volverá a ser la misma.

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Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

In memorian - Edgar Alan García

Una anciana de ojos lánguidos acaba de abrir la puerta de mihabitación y por un instante me mira como si observara a unfantasma. Sin explicar nada, me toma del brazo y me lleva con ella a otra habitación, sin que yo pueda oponerle resistencia. Me desviste y me introduce en la tina, sin reparar en la vergüenza que siento. Elagua está caliente, demasiado, pero no digo nada, detesto hablar conextraños. La anciana me refriega con una esponja y me dice con vozcascada: Eladio, no muevas la cabeza. ¿Quién diablos es Eladio?,quiero preguntar pero cierro los ojos con fuerza y me refugio en silencio. 
Mientras me vuelve a vestir y me peina a su gusto, la intrusa sedirige a mí con una confianza que en verdad logra irritarme. Antes demarcharse, la anciana se inclina y me da un beso en la mejilla, pese a que intento esquivarla. Sobre el aparador de caoba negra, alcanzo a distinguir un portarretrato de marco plateado; en la foto en blanco y negro sonríe una mujer que se parece a la que acaba de marcharse. Enella se encuentra abrazada por un hombre que me parece haber visto,aunque más viejo, en el espejo del fondo.

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Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)

Tierra en los ojos - Patricia Esteban Erlés

Y de repente mi hermana Leonor se incorporó dentro de su ataúd y me apretó el antebrazo. Lloré de felicidad, pensé que después de todo Dios había atendido mis plegarias y su muerte no había sido más que una pesadilla. Pero entonces ella soltó una carcajada de ultratumba y dijo todo aquello de que llevaba diez años acostándose con mi marido en mis narices, sin que yo me enterara de nada porque era tonta perdida. Luego volvió a morirse y yo me pasé el resto del velorio con los ojos secos y su mano entre las mías, clavándole el filo de una llave en la palma hasta que cerraron el féretro.


                                                                   FIN

El salto - Carolina Andrade

Creo que lancé un maullido, un profundo arañazo al silencio. También creoque fue mi cuerpo el que lo hizo. La primera vez que una cae de un edificiotan alto y si no se ha tenido la más mínima intención de hacerlo, el espíritu y la razón permanecen en la cornisa cuando el cuerpo ya ha iniciado suincursión en el vacío.Los primeros instantes descendí erizada por el terror, con mis cuatro patashacia abajo, igual que los suicidas. Me retorcí en el aire y cambié de posicióncomo quien intenta regresar al punto de partida. Panza arriba vi el cielo y,sin tiempo para tener fe, me supe abandonada. 

Otro giro.Impacto ineludible. Me sumergí en el follaje de un árbol y mis ojos barrieron vertiginosamente el verde fragmentado de miles de hojas, las leí todasmientras el ramaje me castigaba con violencia y yo trababa de asirme a loque fuera. Golpes, golpes. No dolía. Es extraño, no duele. El camino a la muerte no tiene una melodía agradable, sólo un ritmo de velocidad ralenti-zada, en sordina, con quieta precipitación. Mis patas buscaron, no yo, mispatas. 

Y fueron ellas las que lograron agarrar una rama gruesa. ¿Ellas? Noreconocí mis propias manos en esas garras que se habían clavado en la superficie leñosa. Mi cuerpo se reacomodó y poco a poco volví a hacercontacto con él. Me preocupaba no quedar como antes. Cada pieza en sulugar. Cualquier lugar.¿Cuánto tiempo duró este salto? Segundos dilatados por el miedo. Tengoheridas y he empezado a temblar, tal vez, para siempre. Me sostiene el brazo de un árbol en gesto involuntario. Me constato, despacito y muda, enmi respiración. Estoy sola.No hay nada digno de conocerse en los vacíos.¿Y tú?Tú te equivocas si crees que alguna de mis vidas te pertenece

                                                                         FIN

Tomado de Ciudad Mínima, (Segunda Antoligía de Ficción Breve)